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jesus and mary

Romper casi veinte años de silencio sin algo importante que decir, seguramente no valga la pena. Y los hermanos Reid, viejos tahúres que son, se encomendaron -advertidos, eso sí, por Alan McGee, algo más que su consejero áulico- a Youth (Killing Joke, U2, The Verve) para que se pusiera al frente de una faena de aliño no solo para evitar que Jim y William se despellejaran vivos en el estudio, sino también para dotar de un cierto carácter unitario a una colección de canciones que en modo alguno fueron concebidas como parte de un álbum, sino como piezas de un puzzle que solo cobró forma final por la insistencia de su entorno y los pelillos a la mar de tantos bolos recalentando su primer álbum.

Casi un tercio de “Damage & Joy” (horrorosa portada, por cierto) de The Jesus And Mary Chain lo componen piezas ya publicadas: inevitable acordarse de aquella “Sometimes Always” con Hope Sandoval (1994) en la bonita “Song For A Secret”, con voz de Isobel Campbell, que no es más que una versión con más cuerpo del que fue el primer single en solitario de Jim Reid, en 2005 (entonces con Julie Barber), al igual que “The Two Of Us” es una relectura más robusta de un tema de Sister Vanilla de 2007, con Campbell haciendo las veces de Linda Reid, quien sí hace de sí misma en “Can’t Stop The Rock” (otro rescate de aquel álbum). También “All Things Must Pass” era conocida desde que fue incluida en la banda sonora de la serie televisiva “Heroes” en 2008.

¿Significa todo esto que estamos ante un Frankenstein sin pies ni cabeza? Tampoco es el caso. No es una vuelta por todo lo alto, pero sí una equilibrada síntesis entre su vis más herrumbrosa y agresiva (“Get On Home”, “Facing Up To The Facts”, “Mood Rider”) y la más dulcemente pop (aquella en la que el contrapunto femenino cobra relieve: “Always Sad”, con Bernadette Denning, o “Black And Blues”, con Sky Ferreira). Entre el daño y la alegría. Y en la que apenas se vislumbran tímidos puntos de fuga de su archiconocido libro de estilo cuando “War On Peace” se ve finalmente sacudida por un repunte motorik o cuando “Simian Split” incurre en ritmos fracturados que remiten a “Honey’s Dead” (1992). Por suerte no hay autocaricatura, tampoco deslices ni sorpresas, así que el grado de excitación ya dependerá de la altura de las expectativas previas, que no deberían -es un consejo- tener en cuenta los años de espera.

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