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En la vida, como en música, la mayor parte de personas nos dejamos llevar y pocos son los que dirigen sus pasos de forma consciente o fiándose de su instinto. Sin embargo, puntualmente, algunos artistas vinculan experiencia vital y carrera musical y hasta llegan a confundirlas, haciendo que las decisiones, tanto en un sentido como en el otro, se condicionen mutuamente. Y es entonces, si el proceso creativo llega a buen puerto, que se produce una de esas obras capitales que justifican la existencia de lo artístico. Tenemos un buen ejemplo reciente en el “Blackstar” de David Bowie

Sin alcanzar (aún) esa cota de dramatismo existencial, los casi cuarenta años de carrera musical de Michael Gira son también un ejemplo magnífico de autoconsciencia artística. En la entrevista que le hicimos con motivo de la publicación de “The Glowing Man” el propio Gira se posicionaba al respecto: “Soy artista y eso es lo que me hace sentirme realizado como ser humano: tengo que hacerlo. No tengo opción”. El compromiso con su obra le llevó en los primeros años de Swans a coquetear con conceptos extremos como la violencia, la humillación o el dolor físico, lo que les granjeo la fama de grupo peligroso que todavía arrastran hoy. Y es cierto que el peligro todavía acecha en los reformados Swans que vienen funcionando desde 2010 (Christoph Hahn, Phil Puleo, Thor Harris, Christopher Pravdica, Norman Westberg y, por supuesto, el propio Gira) aunque sus aspiraciones artísticas son hoy bien distintas: la representación del éxtasis sonoro, la experiencia (musical) trascendental, lo místico. En 1983 Swans te podían joder el oído; hoy es bastante más probable que su música te joda la cabeza.

En esas han estado desde su reunión, muy especialmente en los monumentales “The Seer” (2012) y “To Be Kind” (2014), en los que el grupo ha ido volcando cada vez más la experiencia de su impactante puesta en escena. Tras siete años engrasando la maquinaria Gira reconoce haber llevado ese discurso al límite. En el oscurísimo “To Be Kind” había ya cierta sensación de perfeccionamiento de una fórmula que a base de repetirse amenazaba con minimizar el impacto inicial. Es por eso que tocaba mover ficha y poner punto y final a una etapa gloriosa que con el tiempo se recordará como una suerte de trilogía con su planteamiento, nudo y desenlace. Esa autoconsciencia de la que hablábamos al principio.

Está por ver cuál es el movimiento que tiene en la cabeza un tipo tan escurridizo como Gira pero, en cualquier caso, “The Glowing Man” es un disco lo suficientemente importante como para que hoy por hoy nos importe un rábano lo que está por venir. “The Glowing Man” es también el álbum más rico en matices de los que forman la serie, tanto en el aspecto de la producción como desde un punto de vista conceptual; y aquel en el que más nítidamente están presentes las diferentes facetas de Swans. Por supuesto las canciones-río que juegan con la intensidad y los crescendos épicos mostrando la faceta más salvaje del grupo: el trío “Cloud of Unknowing”, “Frankie M” (sobre un amigo cuya vida han destrozado sus adicciones) y el tema que da título al disco (que “reengancha” con “Bring The Sun / Toussaint L’Ouverture” del anterior disco) por sí solas ya se van hasta los 45 minutos de duración. A medio camino se quedan los quince minutos de “The World Looks Red / The World Looks Black”, más contenida, siempre a punto de estallar sin terminar de hacerlo y que recupera un antiguo texto del Gira más desquiciado para situarlo en un contexto completamente diferente de aquel con el que vio la luz  (Sonic Youth hicieron suya la letra en “Confusion Is Sex”). “People Like Us” y, sobre todo, “When Will I Return?” (interpretada por Jennifer Gira) apuntan en una dirección completamente opuesta, acercándose al concepto canción que Gira manejó durante los 90 con Swans (la etapa Jarboe) y posteriormente en cuando pasó a firmar sus discos como Angels Of Light. Resulta además inevitable identificar “When Will I Return?” –la descripción de una violación en boca de su propia víctima. Una suerte de homenaje que Gira le hace a su esposa- como una suerte de respuesta a las acusaciones de abuso sexual que Larkin Grimm vertió sobre el músico y que, más allá de la mancha de la sospecha que una afirmación de ese tipo inevitablemente supone, parece haberse quedado en nada. Por último, los seis minutos de cierre de “Finally Peace” son lo más parecido a un esperanzado canto de reconciliación, un gospel a la manera de Swans que inesperadamente mira hacia el cielo, cuando ya nos habíamos acostumbrado a vincular a la banda neoyorquina con los ecos del infierno.

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