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Me da en la nariz que a The Felice Brothers les va a tocar la loto. Es decir, que van a ser ese grupo en boca de todos que, sólo por el hecho de citarles, te confieren un status de profundo conocedor de la escena americana más subterránea. Es una posición que también atesoran grupos como Akron/Family o los más veteranos Richmond Fontaine con los que además se puede trazar más de un puente en común. Aunque de lo que se trata aquí es de discernir si en este caso el premio es o no merecido. Pues sí.

Los hermanos Felice se han sacudido la inevitable comparación con Bob Dylan y The Band para ir un par de pasos más lejos. Por eso no es de extrañar que titulen su tercer trabajo con su propio nombre, algo mucho más habitual si se tratara de un primer disco y que ya da a entender que ellos mismos son conscientes de que lo registrado con anterioridad eran dos hermosas tarjetas de presentación de lo que estaba por llegar. Por eso no es de extrañar que hayan añadido los matices del piano, el acordeón y los vientos a unas acústicas inspiradísimas y a esa voz que sigue recordando a la del maestro Zimmerman (escucha “Saint Stephen’s End” o “Helen Fry” y trata de negar lo evidente) y por eso no es de extrañar que en el futuro vayan a estar en boca de todos. Pero tampoco cabe exagerar y aunque estamos ante un disco de una belleza y solidez inusual, no es menos cierto que mucho antes otros hicieron lo mismo que ellos y no siempre se llevaron el premio más gordo a casa.

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