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Cuando eres un grupo que no escribe letras como tales, que proviene de la gélida Islandia, que compone piezas extensas y que incluso se niega a titular las canciones de alguno de sus discos, lo que consigues es que haya quien te tache de pretencioso y se niegue a valorar tu propuesta en profundidad, o, por el contrario, que muchos otros sí lo hagan para sentirse parte de una supuesta élite.

Cuando eres un grupo que no escribe letras como tales, que proviene de la gélida Islandia, que compone piezas extensas y que incluso se niega a titular las canciones de alguno de sus discos, lo que consigues es que haya quien te tache de pretencioso y se niegue a valorar tu propuesta en profundidad, o, por el contrario, que muchos otros sí lo hagan para sentirse parte de una supuesta élite. Y mientras, muy pocos parecen aproximarse a tu universo sin ideas preconcebidas. Pero por suerte ha pasado el tiempo y Sigur Rós han demostrado ya su valía y su calado, convirtiéndose en un oasis en la música actual y, sobre todo, dejando claro que solamente siguen un camino, el suyo propio. Ello les ha llevado a firmar un disco obviable, una obra irregular y dos geniales (“Agaetis Byrjun” y el que nos ocupa). Aunque lo más importante es que “Takk” sirve para confirmar que andan por el buen camino, aún sin necesidad de convertirse en ese grupo “rock” del que nos habían hablado últimamente. Los islandeses apuestan más que nunca por lo orgánico y abren su abanico con calma y sin movimientos bruscos. Sólo que la importancia de “Takk” no radica tanto, como sería de esperar, en esos cambios, sino en sus canciones. Si en “Agaetis Byrjun” las había, aquí, una vez acortados los minutajes y pulido las ideas, no faltan precisamente. Podriamos hablar de “Glosoli”, tan arrebatadora con esa explosión de guitarras y esas preciosas notas finales; de “Hoppipolla”, con un excelente trabajo de cuerdas y una euforia y un optimismo casi inéditos en su cancionero; de “Sorglópur”, con ese piano minimalista y la batería marcando cada momento de intensidad, o de los pianos, los vientos y los xilofones de “Sé Lest”, que redondean una de sus piezas más bellas hasta la fecha.

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