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spoon

Pocas bandas saben conjugar personalidad aventurera y cálida accesibilidad como Spoon. Dicho de otro modo: Los de Austin no suenan a casi nada de lo que hay por ahí fuera, y lo llevan demostrando disco a disco desde hace ya más de dos décadas (y hasta siete cambios de bajista, aunque Rob Pope lleva ya una década), mutando de piel e incluso de huesos, lo que no les impide continuar siendo extrañamente adictivos y familiares, con una amalgama de géneros e influencias que invariablemente, siempre acaban funcionando. Justo como la portada colorista de su ya noveno disco: Colorista pero a la vez inquietante acuarela de lo que parece una calavera de perfil (¿premonición política?). Spoon suenan clásicos y modernos. O viceversa. Y lo hacen con total naturalidad, como si no fueran capaces de otra cosa.

Menos de tres años después del estupendo “They Want My Soul, el grupo liderado por Britt Daniel vuelve a la palestra (y a su sello original Matador) con diez cortes que engrosan su ya amplia colección de canciones literalmente hipnóticas, pero una vocación abiertamente más rítmica y desinhibida y menos guitarras. Es su disco de baile. Admiten haber escuchado mucho a Talking Heads y el infravalorado “Lodger” de Bowie durante la grabación, y la producción, otra vez de Dave Fridmann, (Mercury Rev, The Flaming Lips) es limpia y directa. Comienzan su nuevo asalto sin dejarse nada, muy arriba, con el funky-indie-pop rítmico de la canción que da nombre al disco: Pedazo single de una elegancia inventiva que atrapa y deslumbra.

Y desde ahí, la cosa no decae: De la tensión futurista y la melodía liberadora de “WhisperI’lllistentohearit” (toma título) a los juguetones aires beatleianos de “Do I Have To Talk You Into it”, el ritmo disco levemente desquiciado de “First Caress”, el pop experimental de “Pink Up” -prácticamente en los aledaños de Tortoise-, o el funkie sexual de “Can I Sit Next To You” o “Shotgun” (en algún lugar remoto entre Prince, The Clash y !!!), estamos ante un grupo que entrega el que podría ser su disco más abiertamente cómplice con el oyente, pero sin dejarse el alma por el camino. Ni los experimentos con saxo y marimbas de la coda pseudoelectrónica “Us” chirrían. El bajo omnipresente es el centro de su nueva colección, y es esa irresistible pulsión rítmica la que hilvana la (aparente) dispersión de los texanos. En definitiva, otro disco espléndido. Como si tal cosa.

 

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