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A la hora de escuchar música existen dos formas muy distintas de hacerlo. La de compartirla con otros, disfrutarla en grupo, o paladearla en la intimidad y, si es buena, dejarla que nos vaya seduciendo poco a poco. La única actuación que he presenciado de Wild Beasts fue impecable, con unas partes vocales fantásticas, pero sus canciones requieren de calma y soledad para disfrutarse realmente, o mejor dicho, para que le atrapen a uno. Su forma de entender la lírica y lo pulido de sus voces y sonido se han acabado convirtiendo el algo inédito en la actualidad del Reino Unido. Ah, y perdonen que no me centre demasiado en lo que hacen, mejor escúchenles si no lo han hecho aún. Me gustaría no recurrir al tópico aquel de amarles u odiarles, pero algo me dice que, en su caso, tiene mucho de cierto. En su tercer álbum radicalizan incluso un puntito su fórmula en el sentido de que tanto textos como música parecen dificultarle la escucha a los oyentes hijos de una generación de la dictadura de lo inmediato y lo directo. Nuestra compañera Lara Sánchez decía el pasado mes que “Smother” es el disco que Radiohead querrían hacer. No sé qué pensarán ellos –y me refiero tanto los de Thom Yorke como a los de Hayden Thorpe-, pero, por Dios, que no sea así, que Wild Beasts continúen siendo la banda extraña, bella, romántica y sobre todo particular que son a día de hoy.

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