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Bonito y acertado título aunque aún le sigo dando vueltas a si el empañado clímax de sus canciones es purificador o si, por el contrario, da más grados de insalubridad a la hiperactiva carrera en solitario del ex The War On Drugs. Precisamente lo que reza es la sensación que se te queda al escuchar su cuarto trabajo, segundo para Matador. Y es que cada una de las canciones parece como coronada por cierta aureola de humo. Piezas enturbiadas por una rebuscada reverb y un intencionado sonido en blanco y negro, como sombrío y grisáceo, cálido y helado, que da magnetismo e hipnotismo a su cancionero. Será por ese sonido ácido, ensoñador o incluso etéreo que saca de sus punteos. Aunque en “Runner Ups” o en “Baby’s Arms”, la que abre el álbum, los bucles melódicos parecen más círculos en el agua que de humo. En él, tradición de los setenta y trazo experimental se entrecruzan en el camino, explorando las raíces del folk-rock-blues añejo pero, sobre todo, con amplia visión psicodélica. En “Society Is My Friend” alcanza un sonido más ochentas gracias a unas guitarras envolventes, mil veces reverberadas. En cambio “Puppet To The Man” tiene un riff algo Deep Purple extendiendo el sonido Neil Young. Si el anterior “Childish Prodigy” ya lo mostraba algo más limpio y sanado, su sucesor aún lo es más.

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