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Lo difícil no es llegar, sino mantenerse. Plenamente consolidados como banda de guitarras adulta en el buen sentido, y con una excelente colección de discos hasta cierto punto intercambiables a sus espaldas, The National no lo tenían fácil. Ya en “Trouble Will Find Me” (4AD, 13) se intuía cierto estancamiento en su estilo: austeridad atemporal con el toque distintivo de los patrones recios y ensimismados de Bryan Devendorf, las guitarras imaginativas de los gemelos Dessner y la voz profunda de Matt Berninger, frontman desaliñado e introspectivo más próximo a un profesor de Literatura que a una estrella del rock. No es casual que cuatro años separen este trabajo de su predecesor. Y tampoco lo es que en su séptimo disco se atrevan con una paleta de sonidos más profunda -sintetizadores, cajas de ritmos y cuerdas que se superponen en ricas texturas, abundantes músicos de sesión-, probablemente espoleados por sus aventuras musicales paralelas, con la ambición clara de sacar lo mejor de sí.¿Lo consiguen? Rotundamente, sí.

Grabado y producido con la meticulosidad habitual por Aaron Dessner en su estudio, “Sleep Well Beast” es de esos discos que funciona como un todo. Abstenerse los que busquen satisfacciones inmediatas o trucos. No es que The National hubieran sido antes la alegría de la huerta, pero hemos tenido que esperar meses a tener algo parecido a un single con pegada, “Day I Die”. Matt Berninger, que firma letras y melodías con su esposa Carin Besser, se enfrenta con madura serenidad y certeras pinceladas de suave sarcasmo y humor negro a los dilemas de la mediana edad y una crisis de pareja en toda regla. Memoria, pasado y futuro, zozobras. Más preguntas que respuestas. ¿Cómo hemos llegado hasta aquí? “Forget it, nothing I change changes anything”. Berninger se ha convertido en letrista importante haciendo de la duda confesional su sello. Con total naturalidad, sin un gramo de pedantería. Parece fácil, no lo es.

En lo musical, la banda se deja ir tanto como puede dejarse ir The National, que sigue funcionando como un mecanismo de precisión: del solo sin complejos de la enigmática “The System Only Dreams in Total Darkness”, con esos timbales y el riff de guitarra desquiciado, a la suciedad eléctrica de “Turtleneck” – lo más cerca que han estado nunca del rock desatado-, o los sintetizadores misteriosos de la progresiva “Walk It Back” y “Empire Line”, con ese final de batería sincopada marca de la casa, en territorio de Radiohead. De la majestuosidad familiar de la inmensa “Guilty Party” -pieza central del disco con ese estribillo que repite: “It´s nobody´s fault, no guilty party, we just got nothing left to say”- a la ligereza de “Carin at The Liquor Store” o “Dark Side of the Gym”: “I have dreams of anonymous castratti singing to us from the trees”. No todo tiene que ser solemnidad.

La esencia melancólica y elegante de la música de The National crece con hallazgos como el hipnótico final orquestado y con redobles frenéticos de “I´ll Still Destroy You”, donde se hacen más evidentes que nunca sus afinidades con los minimalistas; o en el cierre homónimo de título indescifrable, en el que Berninger se disfraza de Leonard Cohen de voz trémula sobre una especie de abstracta base sampleada de hip-hop. La bestia, quien quiera que sea, dormirá tranquila esta noche con un discazo bajo el brazo.

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