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En un momento determinado de “One More Time With Feeling”, el documental sobre el proceso de grabación de este disco, Nick Cave hace un comentario a propósito de sus trabajos recientes: “Eran canciones bonitas”, dice con un gesto que puede interpretarse como de desdén, inédito para alguien que siempre ha defendido su producción musical con uñas y dientes. Desde su posición de aristócrata del rock, superados los vaivenes que ocasionó la huida de Blixa Bargeld y con los Bad Seeds -ahora “de Warren Ellis”- otra vez engrasados, Cave ha venido explotando esa faceta de crooner moderadamente salvaje que le canta con igual efectismo (y efectividad) al cielo y al infierno, al amor que a la falta de él. El culmen de esa exquisita farsa bien pudo ser “20.000 días en la tierra”, documental de 2014 en el que el personaje se sitúa al borde de  la autoparodia.

Con sus palabras Cave coloca “Skeleton Tree” definitivamente en otra dimensión como punto y aparte en su trayectoria, a pesar de compartir métodos de trabajo con álbumes recientes, en concreto sus bandas sonoras junto a Ellis: a partir de una estructura mínima, las canciones crecen alrededor de las letras del australiano con aportaciones de sus músicos, Ellis, Sclavunos, Casey, Wydler y Vjestica. Es una fórmula de caos controlado que por momentos puede colapsar y casi siempre empuja las canciones en direcciones inesperadas. También una suerte de daguerrotipo bastante fidedigno de las vibraciones dentro del estudio. Y esa es la principal diferencia y también el valor de “Skeleton Tree” frente a discos como “Push The Sky Away” o “Dig, Lazarus Dig!!!”. Este álbum es, por encima de todo, un estado de ánimo, la tabla de salvación a la que aferrarse en el momento en que quedó claro que seguir adelante era la única opción posible.

A lo largo de sus cuarenta minutos de duración -también en ese sentido “Skeleton Tree” huele a clásico- no se pronuncia ni una sola vez el nombre de Arthur, pero la presencia de su ausencia sobrevuela un disco que corta la respiración cuando arranca (“Jesus Alone”): “Caíste desde cielo / Te estrellaste en un campo / Al lado del río Adur / […] Con mi voz te estoy llamando”. La narrativa marca de la casa deja paso a una serie de poderosas imágenes en las que iconografía “caveiana” de lo bíblico y la América gótica adquiere una nueva y escalofriante reinterpretación. “Nada importa realmente cuando aquel que amas se va / Todavía estás dentro de mí, nena / Te necesito en mi corazón”. En otro contexto temas como “I Need You” no pasarían de estándares. Hoy, aunque Cave ha explicado que parte de las letras se escribieron antes de la muerte de su hijo, resulta imposible no ligar ambas. En el documental de Andrew Dominik se habla de fatales coincidencias y del carácter “profético” de algunos escritos del pasado. Si ese es el caso de los pasajes más pornográficos en “Skeleton Tree”, la decisión de mantenerlos dentro del disco casi dice más de la voluntad de Cave y de su relación con esta colección de canciones que si hubieran surgido a posteriori…

Buena parte de las decisiones estrictamente musicales en el disco también resultan reveladoras. Desde luego la inédita fragilidad vocal del australiano en “Girl In Amber”, “I Need You” o “Distant Sky”. O el nulo protagonismo instrumental de unos Bad Seeds que se limitan a ejercer de testigos aportando coros solemnes y un colchón sonoro para que Cave desarrolle esas minimalistas melodías de piano. La secuenciación nos transporta desde la aterradora oscuridad inicial de “Jesus Alone” a una recta final en la que el dúo junto a la soprano danesa Else Torp (“Distant Sky”) hace las veces de bisagra. El tratamiento instrumental de la canción, cercano al ascetismo, enmarca una conversación entre hombre y mujer que enfrentan miedos ante la muerte: “Nos dijeron que nuestros dioses nos sobrevivirían / Nos dijeron que nuestros sueños nos sobrevivirían / Pero nos mintieron”, dice él. A lo que ella responde: “Vamos ya mi único compañero / Preparémonos para los cielos distantes / Pronto los niños habrán crecido / Esto no es para nuestros ojos”. A continuación la canción que da título al disco también le pone punto y final con lo más parecido a una victoria que podría sacarse de todo este montón de ruinas. Por primera vez reconocemos a los Bad Seeds –y hasta un ritmo de batería, ausente los 35 minutos previos- para terminar con una letanía que se pelea con la voz apesadumbrada de Cave: “Todo está bien ya / Todo está bien ya…”.

Y si quieres sangrar, déjalo sangrar”, se canta en “Girl In Amber”. Inevitablemente el veredicto sobre “Skeleton Tree” está condicionado por todo lo acontecido. Es más, no es descabellado pensar que desde algunas tribunas se eleve a juicio moral la decisión de Cave de convertir una tragedia (su propia tragedia) en ejercicio artístico. Personalmente, creo que la habilidad de transformar las propias emociones en obras de carácter universal diferencia al artista de los que no ejercemos como tal. Sin ir más lejos, algo similar vivimos a principios de este mismo año con la angustia en diferido de David Bowie. El estremecimiento asociado a “Skeleton Tree” justifica más que de sobra que se señale el decimosexto disco de Nick Cave como una de las obras capitales en su carrera -una carrera, por otra parte, jalonada de discos sobresalientes-. Pero, más allá de lo inevitable de echar mano del background, también es de justicia señalar que el australiano ha completado su mejor colección de canciones desde al menos “The Boatman’s Call” -tal vez su mejor colección de canciones, a secas-, ejerciendo de médium y canalizando a través de la música un  devastador terremoto interior. A la postre y más allá de las circunstancias que rodean al acto creativo -de los hábitos autodestructivos que se intuían en “Tender Prey” o del naufragio sentimental que hace dos décadas  inspiraba canciones como “Into My Arms”- lo que con el tiempo permanece, lo verdaderamente valioso, es la capacidad de conmover. “Y este es el momento, esto es exactamente para lo que ella nació / Y esto es lo que hace y lo que ella es”Luis J. Menéndez


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“One More Time With Feeling”

Director: Andrew Dominik
RU/Fra. 2016

La película es un exceso de obscenidad. Sobran minutos, palabras y miradas. Es la terapia de shock carísima de Nick Cave para poder seguir adelante, lo que no quiere decir que tuviéramos necesariamente que presenciarla desde la perspectiva de nuestros problemillas cotidianos, transformándonos en voyeristas (casi) de la peor calaña. Pero eso, claro, hace que esta sea además una obra de arte a la altura de la que nos brindó David Bowie con su muerte y “Darkstar”. Ordenemos las ideas aunque no sea estrictamente necesario, si pensamos que el largometraje y el disco que, de paso presenta, también es un chorreón desordenado y redundante.

Cave no es el director de la película, es Andrew Dominik, pero da igual. El proceso de creación y producción, tanto de la película “One More Time With Feeling”, como de el disco “Skeleton Tree”, se sirven en la pantalla abiertos y preparados, como una langosta asada con el caparazón quebrado. El mérito del buen marisco en el plato, aparte de otras cosas, es que siga sabiendo a mar, que parezca que no hay mucha distancia entre nuestra boca y el arrecife del que lo arrebataron. En la película hay sus buenos interludios de diálogo en los que el entrevistador termina las frases que Nick Cave no acierta a vertebrar: aún está fresco y sabe a sal. Entonces, ¿por qué no le cruza la cara de vez en cuando el artista al cineasta? Hay preguntas, comentarios y conclusiones rápidas que parece que están fuera de lugar. Cuando Luis J Menéndez lo entrevistó sobre un álbum de Grinderman, terminó llamándole gilipollas, y a estas alturas no habría que dudar del tacto de Luis. Nick Cave es de cuerda corta. A mí no me llamó gilipollas en nuestra tarde de Londres, pero yo me escondía detrás de “Nocturama”, un álbum indudablemente flojo, y a Cave se le veía el cráneo entre los mechones de un peinado que ya no le servía, señal de que estaba en periodo de adaptación a una nueva etapa de su paulatina despedida de la juventud. Le debí pillar con las defensas bajas. Obviamente eso se resume en el título de la película, “otra vez pero con sentimiento”, la típica orden que se le da a un actor cuando se quiere sacar algo más de él, algo que nadie nunca le habrá tenido que decir a Cave hasta un día como hoy.

En la película, Nick Cave no tiene defensas, no puede, no le quedan. Pero es que además cuenta, así como si lo estuviera pensando en directo mientras miramos, que un día, en la cola de la panadería una señora le debía dar el pésame y él, obviamente, no se enteraba. Pero levantó la vista y se encontró con las miradas amables de todos los que le rodeaban diciéndole, estamos contigo. Sintió el amor de fuera de su cuerpo, de los demás, y recordó que no podía olvidarse de ser amable. Aceptó en ese momento la calidez del amor del resto de la humanidad ante el trágico fallecimiento de su hijo. Eso ocurre en la película. Pero deja claro también que cada una de las tomas iban a ser supervisadas por él mismo. Ese es el horno en el que ha estado la langosta que nos empezamos a comer hace un rato. Luego queda el arte de Andrew Dominik para hacer que aún podamos saborear la sal: ahí están esos pensamientos en off, y ese intercambio de miradas vidriosas con un interlocutor que no vemos. Puede que fuera fácil hacer algo así con un inválido emocional cualquiera. Claro que el muñeco que aparece en la pantalla es Nick Cave. Podrá estar vacío, pero es Nick Cave.

En 2003 perdí una hija a la que había puesto el nombre de una canción que escribieron a medias Elvis Costello y Paul McCartney, claro que no tenía a mano a un director de cine ni mi talento llega a la suela del zapato de Nick Cave, así que, cuando dejé de estar vacío, escribí, entre otras cosas, alguna crítica para MondoSonoro que funcionó casi de la misma manera que esta película para su protagonista. Por eso me he empeñado en escribir esto, porque mientras estaba en el cine no entendía que el resto de los asistentes se rieran de lo que se reían, y sin embargo no le encontraran la gracia a lo que realmente la tenía, porque sí, a veces en esta misa negra también hay cierto sentido del humor, pero además enseña varias grandes verdades que no hubiera querido aprender. Por ejemplo, cuando Nick Cave dice que al día siguiente de su tragedia, el resto del mundo sigue siendo el mismo, pero él ya no se conoce, ya no sabe quién es. Es una de las razones por las que, en el estribillo de “Jesus Alone” diga eso de “Te canto a ti, te canto con mi voz”, porque se está cantando a sí mismo pero no se reconoce, se busca y no se encuentra. Aunque eso lo da la canción, no la película. Lo que sí se añade es la insistencia, “¿Tengo el pelo bien?”. Y esa otra confesión, “¿De dónde han salido estas ojeras? Hace un año no las tenía”. Se ha sentido envejecer instantáneamente y él se lo ve en el crecimiento de las ojeras, pero lo que ha cambiado es su gesto. Su cara ha perdido parte de su angulosidad y ha mermado. Su expresión es otra. Nunca va a ser la misma que cuando rodó “20.000 días en la tierra”. Nunca será aquel Nick Cave que hemos conocido en sus álbumes y sus giras, pero porque ha decidido abrirse en canal y mostrar lo que permanecía oculto en su intimidad.

Hay una discusión recurrente que tengo con los amigos cuando me preguntan qué tal fue entrevistar para MondoSonoro a Marilyn Manson. Siempre les digo que es una persona mucho más aburrida que otras que también han construido un personaje honesto pero ficticio como David Bowie, Tom Waits, o Nick Cave. La razón es que, mientras que Marilyn Manson es incapaz de ser Marilyn Manson las 24 horas, los otros siempre han podido mantener ese personaje incluso fuera de los escenarios, aunque no sean ellos mismos, aunque lleven una máscara. Nick Cave (o Tom Waits o David Bowie) han podido enseñarnos canciones honestas y confesionales, pero eso no significaba que se guardaran para sí mismos la mayor parte de su intimidad. Lo que nos han dado es honesto, pero no toda la verdad. Menos Wynona Ryder, que resulta que fue niñera de los hijos de Tom Waits y Kathleen Brennan sin saberlo, nadie sabe realmente cómo es su intimidad cotidiana, si consumen yogures bio, o usan papel higiénico con dibujos. No lo sabemos y no importa. Es cierto que “20.000 días en la tierra” termina con un plano de Nick Cave viendo la tele con sus dos hijos gemelos mientras se comen una pizza, y que de esa manera termina abriendo una ventana por la que asomarnos a algo que va más allá de sus teorías sobre el trabajo y la vida. Pero se puede sospechar que todo el mundo que tenga hijos en Occidente habrá vivido una noche de pelis, pizza y mantita, por lo que el vistazo al interior de su hogar no era tan desabrido como este. Hay una sombra de enfrentamiento con su mujer cuando le reprocha de una manera indirecta que cambia los muebles de sitio constantemente. Podrían habérselo ahorrado. No es algo necesariamente “de mujeres”, y no sirve en absoluto para contar la historia. Queda, sin embargo la sospecha de que a Nick aún se le escapan ciertos comentarios machistas, y que tiene tan poca conciencia de ellos, que lo aprueba para la copia final que se verá en los cines. Ahora mismo, irrelevante. Por ello, si sigues la obra de Nick Cave desde hace tiempo, cabría plantearse a qué nos está obligando con esta película, en contraposición a lo que nos ha enseñado en otras ocasiones.

Por aquello del blanco y negro, o por lo intimista, tuve presente el álbum “The Boatman’s Call” durante toda la película, y de pronto empecé a entender que en discos así de descriptivos, ha sido más sincero de lo que pudiéramos creer. Lo que pasa que, después de veinte años de hacer entrevistas a algunos de mis artistas favoritos, y de preguntarles cosas sobre “mi canción preferida”; sé que no quiero hacerlo más, que no quiero que me lo expliquen, y que si lo hacen, probablemente no vuelva a disfrutarla nunca de la misma manera porque ya no tendrá tanta fuerza mi evocación, sino su primera inspiración, que muchas veces, y dicho con todos los respetos, es menos romántica que la mía, que es más libre. Así, Nick Cave y Andrew Dominik nos obligan a mirar al vacío y a ver al artista en chándal aguantando estoicamente la explicación de Susie Bick, su esposa, que hace asociaciones supersticiosas con un dibujo de su hijo fallecido en el que se representa el molino en el que acabó sus días. Por lo menos no rompen a llorar desconsoladamente delante del espectador, probablemente esa haya sido la única línea roja que hayan tenido clara, porque da la sensación de que la película es igual que el disco. Son canciones inacabadas, deslavazadas, e inconexas; y los planos, lo mismo. Pero el espectador los digiere como si tuvieran una continuidad, como aquellas canciones de pop de la new wave que solo nos daban imágenes perdidas entre otras mil, en las que no había narrativa sino fogonazos de una sutileza incandescente.

Y ahí está Warren Ellis, al que habría que hacer un monumento por este disco y esta película, por ser el amigo que todos hemos deseado en algún momento, y por llevar el peso real de todo lo que no es emoción pura y dura, y no nos engañemos, sin él, no se habría materializado nada de esto. Cuando no puedo más, llamo al barbudo y sigo con él, y si no puedo seguir, que siga él. Inconmensurable.

De esta manera, y después de unas cuantas sesiones con algún tipo de terapeuta que, sea conductual o no, ha triunfado, Nick Cave ha decidido adelantarse al proceso de duelo y empezar a reducir a un tópico el fallecimiento de su hijo. Tiene el arte y los medios a su alcance, aunque aparezca fugazmente su otro hijo, Earl, que vive una situación perversa desde todos los puntos de vista. Es joven, es hermano gemelo de Arthur, y es hijo del artista. Se mire por donde se mire, el desatendido de esta trama es Earl, aunque la película trate sobre los mayores, y sobre todo, sea acerca del vacío del gran artista que es su padre.

Cuando se descubrió la noticia, hace poco más de un año, Pepo Márquez (The Secret Society) me cabreó con el texto que acompañaba a la foto que subió aquel día a Instagram. Decía, y cito de memoria (no tengo ganas de verla otra vez) algo así como que, aunque fuera una gran tragedia, de esta podríamos esperar de nuevo el gran arte de uno de los mayores creadores de la cultura popular Occidental. Pues aquí están la película y el álbum, Pepo, ambos muy grandes, pero no dejo de tener la sensación de que, para ser elegantes, con algo como esto no se debería hacer arte nunca, aunque a los demás les cause un placer muy elevado. O precisamente por eso, porque aunque sea un placer elevado, dicho sin ninguna ironía, la muerte de un hijo es algo antinatural que no puede servir para el placer de nadie. A mí no me cabe en la cabeza, aunque haya que aplaudir ante la consecución de una obra tan descomunal como esta película.

Veremos qué ocurre cuando Nick Cave la vea después de diez años. No es descabellado pensar que se arrepentirá de algunas de las cosas que ahora mismo ha hecho porque no tiene más remedio. Y aquí viene lo bueno para mí. Al no tener ni su talento ni sus medios, por lo menos mi proceso de superación se quedó en la intimidad de mis amigos cuando no era capaz de dominar mis impulsos, y después, a seguir viviendo, que aunque al principio parece que no haya más remedio, la capacidad para disfrutar de la belleza de la vida se reinicia, y lo que viene después parece que llena aún más. Si no le pierde el gusto a la creación artística, en cinco u ocho años, Nick Cave nos va a inundar. Jorge Obón

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