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sepultura

Hubo una época en la que Sepultura fue una formación motivada por una sana necesidad de cambiar el rumbo de la historia del metal. Ya fuera en la senda del thrash metal o el groove metal, en 1993 añadieron a su paleta de posibilidades los santos preceptos sabbathianos: ralentizar el riff hasta la médula. De dicha aplicación, no hay mejor ejemplo que “Territory”, punto culminante de “Chaos A.D.”, asimismo prueba concluyente de la sustanciosa huella dejada por una obra pivotal como “Into The Pandemonium” (1987) de Celtic Frost. Precisamente, es de las ansias experimentales cimentadas por la banda suiza a mediados de los ochenta de donde los brasileiros tomaron la responsabilidad de tomar el testigo para propulsar el empuje metal hacia lo desconocido. Así ocurre desde los primeros compases de “Refuse/Resist”, armados sobre una red de percusión con exultante sabor a samba. Esta aproximación a la cultura base procedente de sus orígenes tiene un despliegue aún más elocuente en la instrumental “Kaiowas”, donde gestan el verdadero punto de amarre con su ADN, reforzado por un rabioso discurso anti-colonialista que, casi un cuarto de siglo después de su publicación, ha ganado en matices. Y más, dentro de la era Trump y del Brexit.

De aquella, los Cavalera sufrían de inercia horizontal: se encontraban descubriendo una nueva isla musical, cuando ya estaban echando sus redes en la siguiente. No es de extrañar que, siguiendo este patrón de acción-reacción, sus ansias conquistadoras fueran incluso superadas en “Roots” (1996), un esfuerzo monumental por certificar los hallazgos en el terreno de las percusiones. Para ello, el meridiano enfocado ya no sólo engloba los ritmos de su país, sino también los de la tradición africana. El énfasis en desplegar los intereses rítmicos dentro de un esqueleto afro-brasileiro refuerza las formas tribales de un conjunto de cortes nacidos como un vómito contra los convencionalismos del género metal. Instrumentos como el timbau, el djembe o el berimbau entran dentro de la receta, mientras se alían con Carlinhos Brown -antes de ser abducido por el mismo alien que Ridley Scott tras “Blade Runner”– en jam sessions percusivas de dos horas en lo más alto de una montaña. De locuras como esta última se nutre todo el recorrido dispuesto. Uno que, dos décadas más tarde, aún sigue sonando como recién escupido por las entrañas de una tierra magmática, necesitada de romper con los aranceles anglófilos que dirimen los consensos en el mundo del rock.

Respecto a radiografías de tan perenne estado de experimentación, estas reediciones aportan las pruebas definitivas sobre la enfermedad diagnosticada a los Cavalera y compañía entre 1992 y 1996. Sobre todo en el caso de “Roots”, se hace recomendable la escucha del material extra a cuentagotas: no estamos ante la habitual ración de demos y extras que se pueden escuchar de un tirón, sino ante una inquieta geografía de sonidos que enriquecen la post-experiencia de escuchar los originales. Actos de pura espeleología que redundan en la idea de la reedición como un documento gestado con el fin de mostrarnos las entrañas de un proceso creativo. Y a buena fe que en ambos casos, dicho objetivo es cumplido con creces, aun más teniendo en cuenta la reveladora simiente de extras disponible para la ocasión.

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