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Hace unas semanas Flaming Lips opinaban que Beck se había comido un ácido al elegirles como banda de acompañamiento para su gira. Se equivocaban. Lo que ha hecho Beck ha sido fumarse más pipas de opio que un anciano mandarín y descolocarnos a todos con el disco más terminal, jacoso y lánguido que me haya tirado a la cara desde el último de Lambchop.

De hecho si durante toda la interminable gira de “Midnight Vultures” (Universal, 00) se disfrazaba de híbrido entre James Brown y Prince, en este nuevo trabajo juega a ser Kurt Wagner y puedo dar fe que lo consigue, pero a qué precio. El álbum es un suicidio comercial para los que gustan del Beck bailongo, frívolo y desenfadado, es decir, para la mayoría. Pero si le reconocemos el riesgo y que hay buenas canciones, (preciosas “Paper Tiger”, “Lonesome Tears” y “The Golden Age”) la mutación no deja de tener su valor y más si tenemos en cuenta la pasión que, desde chico, ha sentido Hansen por el country, el folk y el blues.

Pese a todo, el álbum carece de brillo, luminosidad y ritmo en su conjunto y hacia su mitad puede acabar provocando más de una cabezada. Demasiado irregular tras casi tres años de sequía.

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