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Podría haber llamado a un exorcista, someterse a una sesión de hipnosis retroactiva, inmolar sus memorias o contratar a Los Miami o a un grupo de ultras violentos para dinamitar los tormentos que su árbol genealógico imponía en su psique como un estigma eterno; pero a Remate le van las canciones.

De ahí que el particular (y musical) ejercicio de memoria histórica doméstica que supone su nuevo disco pueda tener distintas acepciones: un musical sarcástico, una biografía cantada, un espectáculo impreso en vinilo, una terapia sin terapia, una ficción hiperrealista o un disco de no ficción, probablemente la efímera etiqueta que más le guste a él para explicar (y así lo hace) “Cabello de ángel, tocino de cielo” (Relámpago, 2016), el disco en el que (por lo que tiene y no tiene de romántico) el autor se enfrenta a sí mismo y a su pasado familiar para confinar una suerte de tragicómica opereta musical que lo ayuda a querer y poder ser él mismo a través de un desnudo integral en el que nos abre la puerta de su casa, desempaqueta los álbumes de fotos familiares y las exhibe en un incólume ejercicio de teatro musical contenido en nueve movimientos.

En este “Cabello de ángel, tocino de cielo”, el cantante hondo dibuja un musical que podría ser un film dirigido por Lars Von Trier pero con trazas de influencias explícitas y confesas como la del Jonathan Richman trovador de Modern Lovers, la Björk de “Selmasongs” o la comedia musical “You’re a Good Man, Charlie Brown” de Clark Gesner; pero también hay ecos de (llamadme bizarro) el Jorge Javier Vázquez de su exhibición familiar y su memorándum escrito que (se) imprimió en sus dos primeros libros y su obra de teatro y trazas sonoras de corte doméstico, tocadas todas por un Remate en su facción de hombre-orquesta más brutal que nos pueden llevar a matices de Casiotone for the Painfully Alone, las microtragedias elementales de Okay, los Magnetic Fields más conceptuales, el Sparklehorse más personal o al Jason Molina de “Let Me Go, Let Me Go, Let Mo”; alternando gemas pop cáusticas (“Marica y drogadicto”), con movimientos estéticos de un musical (su “Coreografía”, su “Reparto”, su “Coda” hechas canción) y sus ejes narrativos más explícitos, en donde las filias nazis y la nostalgia de otra época se funden en un intenso abrazo (“El urogallo” o “Palacio de verano”).

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