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Muy perdido has debido estar si en los últimos meses no oíste hablar de Kitai; su consolidación está en boca de todos, y este segundo álbum ya se ha colado entre los más destacados de 2017 en varios espacios de la prensa especializada. Los madrileños están en esto con todas sus fuerzas. Como bien dicen, la música es su plan A, B y Z. Orquestados por sabios y profesionales, tanto del sonido (Juanma Latorre, de Vetusta Morla que se está estrenando en la labor de productor), como de la imagen (con cineastas como Mauri D. Galiano o Jorge Guasch) el cuarteto ha entendido perfectamente que la imagen es tan importante como la música. De este modo, el trabajo gráfico del disco se presenta impregnado en un pantone color bermellón intenso que representa el fuego y la sangre, con el que estos jóvenes asaltan la escena y sus espacios, donde todo es también de un rojo chillón: ropa, instrumentos, enmoquetado, máscaras, batería…

Con este envoltorio conceptual arranca Fuego en la radio, el hito del disco que han llevado por todas las emisoras del país. En ella quedan claras las intenciones de este nuevo trabajo, y el giro importante a su sonido, pero por si acaso le sigue una vieja conocida, H2O, reconvertida a lo que Kitai quiere ser en 2017; una banda de guitarras más limpias, menos heavy, más groovie (que se lo digan a Fabián, su bajista), y con algún re-encuadre en los tiempos que también nos deja ver que la música de Kitai está milimetrada para bailarse; Deiv a la batería sienta la base marchosa de principio a fin; un talento sin tregua, pero sin sobrepasarse del resto del conjunto.

Prosigue Desierto, una aspirante a medio tiempo que, sin embargo, estalla en el mejor estribillo del disco; donde se cumplen todas las reglas: los cuatro acordes sagrados de la historia del rock, con un eslogan emotivo (“todo lo que vendrá, será grande…”) con falsetes a lo Matt Bellamy de Muse, referencia que perdura, de nuevo, en todo el tratamiento vocal de Alex durante parte del disco. Alex no es un cantante virtuoso, pero sus registros no producen indiferencia, así como su creciente faceta como show-man dispuesto a todo. No hay más que recordar que hasta desnudos, les hemos visto.

Ninguna pieza está pensada para superar los tres minutos y Riviera Maya es, no en vano, un alegato a la creación espontánea; llamándonos la atención por su título, un apodo creado en el local de ensayo que luego decidieron convertir en el nombre oficial. Y es que las mejores cosas, a menudo, son las más inmediatas; sin filtros. Empieza con un riff de bajo que recuerda una vez más a Muse y aquél Time Is Running Out, pero pronto se aleja del leitmotiv barato hasta consolidar su identidad ese leitmotiv: “Me siento bien contigo”. Lejos, es una balada algo austera, en lo compositivo y en lo lírico, pero con el profundo mensaje de Alex en honor a su abuelo. Junto con Animal, es una de las piezas que menos éxito han tenido de este Pirómanos, pero que dibujan un intermedio necesario en el álbum. Nací caballo es una mezcla de rock electrónico oscuro, casi gótico, que nos recuerda a la escena alemana. Envuelto en un laberíntico juego de rimas, un sólo algo anómalo y ecos de fondo, le otorgan el sabor de la originalidad como a ninguna otra pieza. Llegamos al tramo final con Volcán, otra de las letras con cierto sentido auto-referencial de la banda; ese «perdidos en la gran ciudad» parece ser un guiño a la película de Robert Mulligan de 1960, donde el actor Tony Curtis interpretaba a un ingenuo saxofonista recién llegado a Nueva York para ganarse la vida como músico. El cuarteto debe sentirse así en su Madrid que les está viendo crecer.

El álbum concluye con He vuelto, una de las piezas de corte más electrónico y donde quizá deja un sabor de boca menos rockero; algo que no deja de sorprender si se tiene en cuenta el sonido de sus dos anteriores EPs, y el disco, Que vienen. La impresión general es que han querido complacer a todos los públicos, desde el indie hasta el oyente de metal alternativo. Arriesgado es decir poco. Por ello la conclusión es algo adversa: por un lado, aceptamos que estamos ante un trabajo envuelto en una gamberra vanidad y espíritu juvenil. Pero, por otro lado, merece algo más de trasfondo en lo compositivo. Estas ganas explosivas están convirtiendo el proyecto de los madrileños en un icono musical del rock alternativo de nuestros días; pero ni de lejos es el disco definitivo que estos músicos nos pueden dar. Por ello, sería genial si, en futuros trabajos nos encontrásemos con unos Kitai liberándose de ataduras estilísticas, jugando con el destiempo o la disonancia; la calma y la tempestad, con menos predisposición al eslogan, aunque lo hayan sabido hacer muy bien. Mientras mantenemos caliente esa esperanza, no por ello vamos a dejar de disfrutar esta gran etapa de una banda llamada a ganarse al gran público.

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