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Las verdades absolutas no existen, y mucho menos en casos como los de Animal Collective, con una discografía que ha hecho de la mutación su principal seña de identidad. Aún así, después de Strawberry Jam” (2007) y, sobre todo, de “Merriweather Post Pavillion” (2009), parecía que su sonido se había vuelto reconocible. Podríamos decir que incluso era ‘previsible’, en el mejor de los sentidos, aunque unos años más tarde no encontrásemos el mismo gancho -salvo excepciones puntuales- en “Centipede Hz” (2012).

El consenso era unánime en señalar al disco de joyas como “My Girls”, “Summertime Clothes” o “Lion in a Coma” como el álbum pop de Animal Collective. Hasta ahora. Porque su décimo trabajo, este “Painting With” que se mira en el espejo de las vanguardias pictóricas (cubismo o dadaísmo son dos de sus influencias abiertamente reconocidas), es absolutamente pop en aspiraciones y resultados. Es algo que parecía evidente con el exultante y veraniego single de presentación, “FloriDada”, con un estribillo tan básico como pegajoso; el inicio soñado para un disco que, como han comentado sus propios autores, ha tenido en el primero de los Ramones una de sus guías. Obviamente, no en cuestiones estilísticas, pero sí en cuanto no se entretiene en pasajes más o menos ambientales que en ocasiones anteriores sí tenían un peso importante.

Esa dirección se consolida en las siguientes canciones, con los elementos que podemos esperar de David ‘Avey Tare’ Portner, Noah ‘Panda Bear’ Lennox y Brian ‘Geologist’ Weitz -éste con un protagonismo mayor que en ““Centipede Hz“, ya que las bases electrónicas están más presentes-. Falta a la cita el cuarto miembro del colectivo animal, Josh ‘Deakin’ Dibb, dedicado a otros proyectos personales. Aquí están los desdoblamientos, las inflexiones, las armonías vocales deudoras de Beach Boys (“Hocus Pocus”), las capas que se suman ‘ad infinitum’, la trepidación… Pero todo de forma concreta, renunciando al componente acuático de su música; no hay espacio para el masaje porque las cosas en “Painting With” pasan muy rápido, a veces demasiado, con el riesgo de que no haya habido tiempo para asimilar toda la información que ofrecen cortes como “Lying In The Grass” (con la colaboración de John Cale y el saxofonista Colin Stetson), inquietante y con una complicada estructura hasta que se despeja un luminoso estribillo, construido no tanto por las melodías de voz como por la percusión. Y cuando crees que lo estás entendiendo, se acaba y da paso a la galáctica urgencia de “The Burglars”, favorita personal en las primeras escuchas, aunque esto no suponga decir demasiado cuando estamos ante una música tan abierta a las sorpresas como la del grupo de Baltimore. Definición y velocidad, las mejores bazas de esta entrega, se mantienen en “Natural Selection”, con un electro-pop que por momentos hace pensar en los buenos momentos que brindó la desquiciada psicodelia de Cornelius.

En esa voluntad de concreción también hay minutos que no funcionan con igual efectividad, como ocurre en “Bagels In Kiev”, mientras que temas aparentemente menores acaban venciendo su presunto papel de divertimento (“Spilling Guts”) para tirar de una última parte del álbum que, con sus aciertos (“Golden Gal”), parece atrapada en su propia fórmula. Y es aquí cuando, después de disfrutar de manera indudable de este trabajo, surge la duda de si lo más relevante de Animal Collective no estará ahora en las entregas por separado de cada uno de sus integrantes.

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