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Tiene su lógica que, para el cuarto disco del grupo, su artífice, Leo Mateos, quisiera aprovechar todas las experiencias positivas que ha vivido con Acuario, su proyecto en solitario. La de trabajar con los sintetizadores, la de alejarse del local de ensayo, la de contar con Ricky Lavado (Standstill) a la batería y la de producirlo con Karim Burkhalter. Su logro ha sido renovar Nudozurdo sin disipar su contundencia.

En la búsqueda de un sonido clásico, analógico y cálido como el rojo de título y portada, las intensidades, más que cambiar de pie, se distribuyen. Y la voz pasa a un plano superior, dejando espacio para que el aire corra entre las melodías. “El grito”, más combativa de lo deseado quizá para Leo y adelanto de este álbum, es un buen ejemplo, seguido por “Semillas nuevas” y “Debo ser un robot”, si bien la identidad del grupo sigue muy presente desde el comienzo con “Carpinteros del mal” y “Felicidad réplica”, que apunta a convertirse en hit. “Bucles dorados”, “No siento el amor y tu amor es falso” y “Los bárbaros/Cuando creas que yo esté aquí me habré ido”, encargada de cerrar el disco con unos delicados arreglos de cuerda, bajan los tiempos pero no la potencia.

Tras cuatro años sin material nuevo, Nudozurdo sigue viviendo en la misma casa, pero se han mudado del sótano a la habitación más luminosa.

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