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La progresiva revalorización que el legado de los irrepetibles El Niño Gusano está teniendo en los últimos tiempos augura un contexto en el que cualquier iniciativa surgida de sus cenizas será recibida, cuando menos, con expectación.

La progresiva revalorización que el legado de los irrepetibles El Niño Gusano está teniendo en los últimos tiempos augura un contexto en el que cualquier iniciativa surgida de sus cenizas será recibida, cuando menos, con expectación. La segunda de las dos secuelas del grupo zaragozano (con Sergio Vinadé y Andrés Perruca junto a miembros de Pulmón o Big City) permuta la combustión espontánea que hacía célebre al grupo madre por la placidez, en un trueque en el que los estribillos mordaces de antaño dan paso a la soleada y amable caricia de unas composiciones que mantienen el sello guitarrístico de Vinadé y atemperan en gran medida el escaso apego por lo tangible (sí, el tan manido surrealismo) que ostentaban las letras de Algora. El conjunto de este algo desmesurado (en duración) debut les sitúa, con la inevitable distancia respecto a la excelencia “gusanil” (incluso lejos aún de la pegada en distancias cortas de La Costa Brava), como hacedores de unos cuantos caramelos pop (notables “Afganistán”, “Nataciones”, “Con las jóvenes” o “Castor”) que aún necesitan su mejor dosificación.

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