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El momento ha llegado. Chris Martin y compañía han ido acercándose paso a paso al precipicio creativo hasta ejecutar el salto solemne y definitivo con su quinto disco de estudio, tras sucumbir categóricamente a los parabienes del éxito global. Los británicos se postulan sin disimulo hacia el título oficial de primera banda masiva a nivel mundial, a pesar de que eso suponga sacrificar cualquier atisbo de reputación artística. Lo hacen con un sinsentido desproporcionado y caótico, difuminado entre dosis industriales de grandilocuencia artificial y una experimentación totalmente inocua. “Mylo Xyloto” es un álbum ególatra, desorientado y previsible que cuenta con carencias tan graves que hasta extrañaría que alcanzasen ese triunfo planificado hasta la saciedad. Una obra tan ambiciosa en pretensiones como apocada en inspiración, circunstancia que provoca una brecha insalvable que castiga con la inmersión en profundidades horteras adornadas con coros innecesarios, chirriantes capas de pomposidad, temas absurdamente extendidos, producción ostentosa y colaboraciones de galería. Lo peor es que la presente entrega incita a olvidar abruptamente que el cuarteto firmó un debut destacado y una continuación notable de creíble melancolía trabajada con honestidad, en opuesto paradigma al pastiche que Coldplay significan once años después. Pero recuerden que cuando los fuegos artificiales terminan, en el cielo no queda nada excepto el vacío de la oscuridad.

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