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Arca no es el Björk venezolano. Es mucho más. Su música late, suda y eyacula, está viva. Es arte y debe de ser entendida así, como un todo imprevisible y magnífico. Debe de ser disfrutada con total atención, con los cinco sentidos a tope de power. Sensualidad, impulsividad y perversión son parte de esta electrónica enfermiza, mutante, quebradiza, crepitante, esquizoide, barroca y caótica que sinergia, con maestría y suavidad, lo feroz con lo decadente, la violencia del desaforo con lo entrañable.

Temas como “Soichiro”, “Vanity”, “Else”, “Hymn” -o la canción que nomina al álbum- son las piezas máximas de este amplio -contiene hasta veinte temas- expansivo, tórrido y bravucón “Mutant” que siempre debe de ser gozado en directo; ahí es donde la mitad de Arca -léase, Jesse Kanda- nos hace alucinar, como perfecto aderezo, con su disparatadísimo y marciano despliegue visual, especialmente pergeñado para terminar subir al cielo, ¿o es bajar al infierno? el vanidoso imaginario sonoro de su colega.

Lo que queda claro es que este nuevo disco muestra a un Arca que, respetando sus propios principios sonoros -esos que parten de la bass music, la IDM y el ambient e imaginan un submundo nuevo- se ha atrevido a salirse de su propia zona de confort consiguiendo mejorar, en contenido y continente, lo hasta ahora escuchado y sentido. Arca has sido fuerte, ahora aguanta.

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