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Dicen que cualquier tiempo pasado fue mejor y uno, que no es muy dado a los ejercicios de nostalgia gratuita y que le gusta saborear el presente sin echar la vista atrás, no siempre está de acuerdo con esta máxima. No siempre, significa que de vez en cuando la misma se cumple. Y además suele hacerlo con mayor asiduidad si, al aplicarse, va más allá del individuo y afecta a un colectivo. Los años, las experiencias, hacen que cambiemos e inevitablemente no seamos los mismos que quince años atrás. Todo esto viene a cuento porque uno nunca se ha acabado de creer del todo esta reunión de viejos combatientes. O al menos no lo ha hecho en el sentido de la camarería que se empeñan en demostrar los protagonistas del feliz retorno. Si nos atenemos a lo que dicen Gary Louris y Mark Olson, ambos se reencontraron para reverdecer laureles, y que la hierba siguiera verde y brillante como una patena. Si nos atenemos a lo que dicen las siempre imperantes cuentas corrientes , aquí había el interés añadido de rescatar un dinosaurio, aprovechando el prestigio que la americana de nueva generación les había proporcionado en su calidad de pioneros. Un interés, nada disimulado, que ha dado pie a que las composiciones de este voluntarioso aunque totalmente inocuo “Mockingbird Time”, rememoren sin ningún tipo problema el sonido clásico de la banda, pero sin las canciones que los pusieron en el punto de mira tardío de la crítica y el aficionado. Y ese es el principal drama de toda esta historia. El drama con el que ha tenido que convivir Gary Louris durante esta última década. A mediados de los noventa se sacaban de la chistera clásicos atemporales como “Blue” o “Waiting For The Sun” y no parecía importarle a casi nadie, y ahora que la gente les rinde pleitesía son incapaces de dar con un solo corte que se asome a la leyenda. Así de cierto, así de crudo. El resultado es un disco que da el pego, pues el sonido se revela clásico y preciso. Un sonido fruto del trabajo artesanal bien realizado, pero en el que la magia, el hecho incorpóreo que da pie a las buenas canciones, brilla por su ausencia. No hay alma. No hay feeling entre sus co-autores. Más bien el interés nada disimulado de sacar tajada a una época que no regresará. Mejor hubiera hecho Gary Louris desprendiéndose de su banda y grabando discos tan personales, y brillantes como “Sound Of Lies” (1997) , el último disco honesto que ha realizado el de Minneapolis hasta la fecha. Lo demás han sido intentos de pasar por taquilla, ya fuera dando una patina de modernidad a su música (“Smile”) o rescatando a un Mark Olson que mejor se hubiera quedado grabando discos de country-roots que no interesaban a nadie más que a él. Puede que haya gente ahí fuera que espere algo de todo esto. Yo no. Prefiero desempolvar mis discos de los Byrds, Poco o los Everly Brothers

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