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Ver como los amigos se van alejando, comprar un coche nuevo y guardar las velas del pastel de cumpleaños para el año que viene. Afrontar la madurez conlleva ciertas cosas y, como muchos han demostrado antes, si juntas algunas de ellas en forma de canciones te puede salir un buen álbum. El debut de Mareta Bufona es uno de estos buenos álbumes, una especie de terapia musical para los que, a pesar de estar perdiendo la juventud, intentan mirar el futuro con humor y esperanza.

Deudores evidentes de ese rock alternativo made in USA que cautivó durante los noventa, la banda de Vilanova i la Geltrú ha firmado una ópera prima que, por encima de todo, suena fresca y sincera. Esto se debe en buena parte a sus acertadas letras, capaces de encontrar esa poética desenfadada en la cotidianidad a la que tan nos tiene acostumbrados la escena indie catalana más reciente.

Por suerte, la música no se queda atrás y las guitarras aguantan el tipo a base de ramalazos y punteos melancólicos a lo Dinosaur Jr o Teenage Fanclub. Incluso cuando rebajan el power pop y apuestan por un sonido más de Costa Oeste –imposible no imaginarse en algún suburbio californiano cuando suena la arrebatadora “Oda als homes miserabilistes”- Mareta Bufona suenan de lo más solventes. “Vine al camp” puede parecer un álbum que, visto el panorama, está en la época y el sitio equivocados. Nada más lejos de la realidad: el primer largo de Mareta Bufona es un sólido puñado de temas que no sabes que necesitas hasta que lo oyes. Es, además, la declaración de principios de una banda que sabe muy bien a lo que va.

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