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En muchas ocasiones el mundillo musical en el que nos movemos es de lo más previsible. Tras la apoteósica gira We Shall Overcome, todo un rendido homenaje al folk norteamericano y más concretamente a la figura de Pete Seeger, estaba cantado que los medios de comunicación masivos se volcarían de forma incondicional con el nuevo trabajo de Bruce Springsteen. Simplemente tocaba hacerlo y estaba claro que el hambre de “Boss” provocaría la avalancha de parabienes injustificados en los que se ha convertido el análisis de un disco mediocre si lo comparamos con las grandes obras que entregó este hombre en un pasado que sin duda fue mejor.

Otra cosa es que lo comparemos con lo que ha entregado desde aquel ya lejano “Tunnel Of Love” (1987), entonces la cosa cambia y podemos decir que es un trabajo que anda a la par que “Lucky Town” (1992) o el más reciente “The Rising” (2002), discos correctos, con aciertos –pocos- en canciones como la esplendorosa “Your Own Worst Enemy”, la abrasiva “Gipsy Biker” o la intensa “Last To Die”, pero que en general suena lastrado por un sin fin de tics melódicos e instrumentales “marca de la casa” y una producción excesiva y grandilocuente que han impedido a Bruce Springsteen crecer como creador (no como interprete, en lo que casi no tiene parangón) a la altura de otros trovadores “hermanos” como Bob Dylan, Neil Young o incluso Tom Petty.

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