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Verso suelto de la inteligencia narcisista; personaje anacrónico cuidadosamente cultivado por él mismo desde su exilio en Los Angeles, donde pasa los días conduciendo en un descapotable o recluido en una casa que perteneció a una estrella del Hollywood de la edad de oro; refinado bocazas de pasado glorioso, hay una realidad que no podemos perder de vista: al británico, penúltimo ejemplar de una estirpe en vías de extinción, hay que juzgarle, por delicioso, políticamente incorrecto o impertinente que nos resulte en sus salidas de tono, por sus discos. Y la cosa no está para tirar cohetes. Más bien lo contrario.

Desde su reaparición en 2004 tras una travesía del desierto de siete años sin sello y con el poso de amargura de su agrio litigio con dos Smiths, el legendario cantante ha mantenido una productividad tan constante como desigual. Con la excepción, quizá, de You Are The Quarry, cuando algunos nos dejamos llevar por el romántico entusiasmo de su vuelta a la palestra, la cruda realidad es que ninguno de los discos de lo que va de siglo ha sido memorable. Y no hablo de igualar el nivel estratosférico de su simbiosis con Johnny Marr en The Smiths, que eso es ciencia-ficción, sino del de los buenos momentos cada vez más lejanos de discos como el aguerrido Your Arsenal o, sobre todo, el exquisito Vauxhall and I, de mediados de los noventa. Su undécimo disco de estudio, a tres años del discreto Peace World is None of Your Business, tampoco despeja dudas. Todo lo contrario. Resulta un poco sangrante que su socio creativo en los ochenta se haya despachado últimamente con dos discos muy dignos…sin tener voz.

No es que Morrissey haya dejado de ser Morrissey, en esto no hay discusión: la misma (bastante horrenda, por cierto) portada incide en la obsesión regicida del coautor de The Queen is Dead, que no deja ocasión para marcar territorio. El problema es fundamentalmente (pero no sólo) musical. La longeva y hasta cierto punto fecunda alianza con el guitarrista rockabilly Boz Boorer parece definitivamente amortizada, como prueba que aquí haya demasiado material de relleno poco cohesionado, algo que me remite al lejano Kill Uncle. Un disco con el que también comparte arreglos que se me hacen viejos hoy…

Por supuesto, hay algunas canciones potables. La mejor, el single Spent The Day in Bed, con su ritmo infeccioso y una letra de una elegancia sarcástica como en los mejores tiempos. I Wish You Lonely no está mal, con ese regustillo disco-glam que tanto ha cultivado nuestro hombre (recordemos The Last of The Famous International Playboys) y una letra que le da otra vuelta a la misantropía marca de la casa. Home is a Question Mark se recrea en la melancolía tenebrosa que le ha dado momentos de relativa gloria. El problema es (como también sostiene, ay, el denostado NME), que a partir de la mórbida I Bury The Living, un disco hasta entonces apañado (aunque me cueste dar un pase a la plomiza Jackie´s Only Happy When She´s Up on The Stage) se despeña en un confuso y poco inspirado batiburrillo de medios tiempos, pianos, sintes cutres, melodías de ¿pasodoble? y alusiones a la guerra, Oriente Medio y la policía criminal (lo de “¡Venezuela!” al final de Who Will Protect Us From The Police? al ritmo de riff de The Cult es de vergüenza ajena).

Afrontémoslo: Si a estas alturas Stephen se pone a impartir sermones de política exterior contradiciendo el excelente título de su anterior trabajo (“And the land weeps oil, what do you think all these conflicts are for?”, nos revela en la disparatadamente exótica The Girl From Tel-Aviv Who Wouldn´t Kneel), estamos perdidos.

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