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¿Tradición?, ¿plagio?, ¿collage?, ¿reciclaje? J, Florent, Banin, Eric y Julián Méndez lo han vuelto a hacer. Cuanto menos, el regreso de Los Planetas pone patas arriba el gallinero del pop estatal. La banda granadina llegó a un punto de no retorno desde que abrazó la marmita jonda a mediados de la década pasada. ¿El lastre? Su imponente colección de clásicos en el pop español. ¿El peligro? Convertirse en un género cerrado en sí mismo del que por momentos parecen resacosos prisioneros. Pero, cuidado, “Zona temporalmente autónoma” presenta novedades. Es un disco largo, irregular, preñado de referencias, con una vocación menos procelosa y más política que los dos títulos anteriores. Nunca antes la voz de J había sonado tan nítida en primer plano. En el arranque, con la tremenda “Islamab”, juega a cantar como Yung Beef en una mutación filosófica y provocadora del “Ready pa morir” compuesto por el ídolo del trap. Una cruz a cuestas, con Soleá Morente y la reformulación de versos de Manuel Vallejo, encaja en el mantra de “Viernes de Dolores eléctrico” o, como dirían The Byrds, Música Cósmica Española. “Soleá” y “Seguiriya de los 107 faunos” conservan la atmósfera pinkfloydiana de Los Evangelistas.

Florent contaba con abundante material guardado y se nota en las guitarras del álbum, que encara una fase más animosa a partir de “Hierro y níquel”: viejas soleares de Aurelio Sellés y Manolo Caracol con envoltorio indie. Igual que “Libertad para el solitario” o “Espíritu olímpico” –deliciosos coros finales de La Bien Querida–.

Más allá de la remota filiación con el rock andaluz, Los Planetas incrustan en su discurso esencias atávicas sin resultar anacrónicos. Es su principal logro. Porque me lo digas tú pasaría por un brindis norteño con Pedro San Martín y Nacho Vegas –vuelven los arreglos de cuerda, maravillosamente ejecutados por las Cosmotrío–, cuando en realidad se trata de un compás de soleares disimulado con base electrónica sobre una melodía de Maritime. J defiende el tronco popular de la operación, aunque fueron las vanguardias de élite, desde dadaístas y surrealistas al Oulipo y el Grupo 63, quienes se colgaron los galones de la apropiación y la construcción recombinatoria del arte con fines críticos. Hay jugo psicodélico en “La gitana”, el poema de Aleister Crowley. Siguiendo con la lectura coránica, “Itjihad” emerge rocanrolera bajo el influjo de los Pixies de “Surfer Rosa” y unas alegrías ancestrales de El Mochuelo. Y “Hay una estrella” es la pieza acústica más clara desde “Canción para ligar”. Son Los Planetas, esos que a veces te embotan la mente para luego despejarla en éxtasis sensorial.

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