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“¡Ahora soy feliz!” proclama entusiasta Abraham Boba en “Gloria”, sin dejarnos demasiado claro si se trata de una realidad fehaciente o tan sólo otra demostración más de su particular cinismo pasivo-agresivo. Lo cierto es que motivos no deberían faltarle para mostrarse pletórico. Tres años después de la publicación de su homónimo debut, León Benavente gozan de un privilegiado (y merecido) estatus tan sólo al alcance de un puñado de nombres en nuestro país. No en vano, puede que el grupo se formara en 2012, pero sus integrantes estaban ya sobradamente curtidos en mil y un batallas de pedigrí. Cuatro músicos con un bagaje musical ciertamente heterodoxo (del krautrock al blues) que, lejos de originar una nebulosa infumable, conseguían unificar sus trayectorias a través de un proyecto sólido y compacto.

En este segundo capítulo de la historia, escuetamente titulado “2” (Warner /Marxophone, 16), nos encontramos con una banda aún más resuelta y decidida que en su primera entrega, estableciendo definitivamente lo que parece ser su sonido característico. Aquí no hay bordes deshilachados ni cables sueltos. Tan pronto como arranca el comienzo de “California”, sabemos que nos encontramos ante algo totalmente consolidado. Un zumbido motorik perfora nuestros oídos mientras una melodía resbaladiza progresa hasta convertirse en un estallido inquebrantable de cuerdas y sintetizadores. A lo largo del disco nos encontramos con un sinnúmero de intercambios rítmicos entre el batería César Verdú y el bajista Eduardo Baos, aderezados por la contundencia guitarrera de Luis Rodríguez. La banda parece cada vez más cómoda funcionando como una unidad musical, rechazando la sutileza en favor de la confrontación y la distorsión abrasiva.

El segundo corte y primer single, “Tipo D” es fácilmente lo más atrevido León Benavente han puesto encima de la mesa. Como una presentación de diapositivas mentales, Boba enumera una interminable lista de sentimientos imprecisos (“quieroseres”) que utiliza como recurso fonéticamente contagioso y lo repite hasta que se convierte en un gancho inquebrantable, sin desviar la atención de la relativa simplicidad de su melodía y ritmo. Todas las canciones de “2” están ejecutadas con precisión. La detallada producción ha corrido a cuenta del propio grupo y, minuto a minuto, apreciamos un constante esfuerzo por mantener la cohesión y el vigor del sonido. Incluso cuando se trata de material más frágil (“La Ribera”, “Aún no ha salido el sol” ) el pie no se levanta del acelerador.

Tal vez, en ocasiones la fiereza de la música no se adapta tan bien al mensaje, aunque nunca se puede estar seguro con un letrista como Boba. La narrativa de “2” está impulsado por una fluida mezcla de dedicación, compromiso y terquedad, tres cualidades íntimamente relacionadas pero en absoluto sinónimas. El hábil verso de Boba, tan agudo como astuto, parece esconder un cierto halo de desesperación subyacente. Su peculiar (y ya característica) forma de incluir referencias políticas explícitas en el contexto de sus propias confesiones e inquietudes personales encierra un juego congruente entre sentido y sentimiento. Como si cada texto estuviese escrito en parte para desafiar las ideas preconcebidas de los oyentes ávidos de encasillarlos.

Pero la gran fuerza de “2” no radica sólo en su consistencia. En sus mejores momentos, el álbum encuentra a León Benavente dejando a un lado la cautela, disfrutando de sus propias contradicciones, entre el tradicionalismo y la experimentación. Cuando en vez de desafiar las expectativas, las pellizcan suavemente. Esto produce resultados excelentes como “Nuevas Tierras”, donde Banin Fraile (Los Planetas) aporta hasta 8 pistas de sintetizador, o “La vida errando”, una delicada canción pop que recuerda a los Family de “Viaje a los sueños Polares”, pero con los pies en el suelo.

“2” suena como el trabajo de un grupo lo suficientemente seguro de si mismo como para distanciarse de sonidos y géneros concretos, manteniendo la puerta giratoria bien engrasada,
para ser sencillamente ellos mismos. Un abrumador paisaje sonoro lleno de contornos que tiene su cumbre en “Habitación 615”, una impresionante canción-río que describe detalladamente su periplo mejicano, donde pasaron 20 días de extenuante locura. Broche de oro para este segundo triunfo de León Benavente, la consolidación de su ecléctico estilo en una declaración coherente de identidad. Esta no es la música de hombres tratando de ser cool; es el trabajo de unos veteranos sin miedo de expresar emociones maduras con un nivel adecuado de profundidad musical. Definitivamente una de las bandas más fiables de España.


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