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El quinto disco de Kendrick Lamar ya está entre nosotros, mientras se iban filtrando noticias y datos sobre él, los nervios iban en aumento, sobre todo cuando se anunció la presencia de Rihanna y de U2. Con el anticipo de “Humble” nos relajamos, y eso que el tema en cuestión está alejado de sus dos predecesores. Ahora bien, un primer aviso a navegantes, aquí no hay ni rastro del jazz de “To Pimp A Butterfly”, como dice el gran filósofo catódico Juanma Rodriguez, “cuando parecía que iba a ir por aquí… va por allí”. Desde el inicio con “Blood”, Kendrick pone sobre la mesa sus miedos y sus tripas para que diseccionemos cada palabra. Ninguna es en vano, todo está perfectamente estudiado. En esta intro nos plantea la dicotomía entre la maldad y la debilidad. A partir de ese momento, Kendrick Lamar nos plantea un retablo que hay que mirar con calma, primero desde la distancia y luego con detalle, una especie del jardín de las delicias del rap. Su sonido ha mutado, electro, trap, old school rap, GFunk… también su voz se ha transformado. El falsete de “Pride” te deja anonadado, la fuerza y fiereza de DNA está en el hemisferio opuesto de “Love”. Por otro lado, Dios y la religión revolotean a lo largo y ancho del álbum, y no solamente en la comatosa “Yah”. Y continuemos con los restantes temas. “Element” vale su peso en oro. Old school rap con Kendrick atacando a rivales sin piedad. No le hace falta correr y ser veloz para dejar en ridículo al noventa por ciento de raperos. No sé quién recibe más palos si Big Sean o la Fox. Y es que los ataques al canal norteamericano son recurrentes y contundentes.

El dueto con Rihanna en “Loyalty” funciona y es un sopapo a Jay Z, con las dos voces haciendo el amor, con respeto, fusionándose y cantando ambos a la vez como en los cincuenta. “Lust” es pura viagra, con unos bajos que te ponen en órbita mientras Lamar flota alrededor como una mariposa para golpearnos como un escorpión cuando decide dejarnos KO. En cuanto a la otra colaboración estelar, escuchamos a Bono en “XXX”, un corte marciano y político, como no podía ser de otra forma, que cuestiona la América actual y que suena como los U2 de “Achtung Baby” junto al Lamar más enfadado. Y podríamos continuar con una intensa “Fear” y con una “Duckworth” que rememora la historia de Top Dawg Entertainment y del propio Kendrick Lamar de manera brillante y fascinante.

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