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Suelen decir los expertos que las primeras líneas de una novela o los primeros minutos de una película sirven ya para descubrir si estamos ante una gran obra, un disco correcto o puro perogrullo. Bien, pues apliquemos esa máxima a “Movimientos” de Juventud Juché. Y saben qué, la teoría funciona a la perfección. Cuando empieza a sonar “Pasos”, con la línea de bajo arrolladora de Luis, la guitarra rasposa de Javi y esos tombs marciales de Arturo que duelen como puñetazos en la mejilla, uno se ve dentro de una toma en blanco y negro saturado de una banda de post-punk cortando yugulares y manejando los mismos elementos en 1978, para al entrar la voz de Javi saltar en el tiempo hasta 2016 y vernos atrapados en un local en el que el sudor y la sangre gotean desde el techo sobre los cabezales de los amplificadores, deslizándose por las paredes y nublándonos la vista, provocándonos ese éxtasis tan especial que solamente la fiereza del mejor punk y post-punk nos generan.

A partir de ahí ya no hay vuelta atrás. El trío madrileño ya nos ha atrapado y nos agarra con fuerza por los pies para hacer girar nuestros cuerpos sobre sus cabezas como si ellos fueran gorilas gigantes y nosotros juguetes diminutos a su merced. Se nos abren de par en par las puertas de un mundo de doloroso placer en el que Wire suenan con la robustez de The Ex (“Un año”) o en el que Pony Bravo serían un grupo de versiones de ESG (“Niebla”) mientras las hostias van cayendo una tras otra (con títulos breves, a pinón desde primer segundo), con un magnetismo que nos hace acelerar, decelerar y volver a meternos de cabeza a la centrifugadora musical que han creado con la ayuda de un Ian Crause (producción) y un Bob Weston (masterización) que han sido mano de santo para el sonido del grupo. Así como lo escribo, sin puntos y seguido, sin respirar, nadando en el barro y pensando en que se vayan las bandas de pop anodino a tomar por el culo, en que basta ya de gente sin sangre, en que no hay forma de expresión humana que uno desee más ahora mismo que un visceral y violento pogo inundado de codazos, patadas y caras desencajadas.

Al final pasan cuarenta y tantos minutos que podrían ser diez, veinte o treinta, entre sudores y espasmos musculares, y suena eso de “y ahora soy carne”. Tomamos aire, nos sacamos la camiseta y volvemos a plantarnos por propia voluntad de nuevo ante aquella línea de bajo arrolladora, aquella guitarra rasposa y aquellos tombs marciales de los que les hablaba al principio. Entonces es cuando pensamos en lo fácil que parece todo en manos de estos Juventud Juché y en lo difícil que es en realidad dar forma a una obra de la coherencia, el magnetismo y la fiereza adictiva de “Movimientos”.

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