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julio

Después de ganar un merecido Goya por la banda sonora de “La Isla Mínina” (2014) de Alberto Rodríguez, Julio de la Rosa firma un nuevo disco al uso con el que cierra una impecable trilogía que comenzó con “La Herida Universal” (Ernie, 10) y continuó con “Pequeños Trastornos Sin Importancia” (Ernie, 13). Una obra entrelazada a lo largo de de siete años en los que, el transcurrir vital de forma general y el amor de manera particular, mueven cuerpo y mente a lo largo de la línea espacio/tiempo, en un periplo que resulta descrito en forma de canciones. Siete años en los que una vida sufre y goza, dejando poso determinante en las composiciones.

La presente entrega sugiere (desde el mismo título) que éste podría ser el álbum más optimista, e incluso por momentos luminoso, de Julio de la Rosa. Sucede que es un disco más amable de lo habitual en cuanto a sensaciones, y a su paso genera cierta calidez (peculiar) en el oyente, en lo que supone una agradable sensación. Es curioso dado que su música no es precisamente comercial ni cuenta con estribillos pegadizos, pero de algún modo las nuevas canciones suenan familiares, y al segundo pase ya se reconocen y recuerdan de la anterior escucha. Y eso que, en cualquier caso, la honradez expresiva sigue presente en el nuevo decálogo, y la honestidad brutal del músico mantiene su aspereza e impacto.

La referencia se abre con “Malapascua”, una canción preciosa y emocionalmente arrasadora para todo aquel que conoció a Rafa Angulo, el amigo que se fue y al que resulta imposible olvidar, que el autor recuerda en cuatro minutos ensoñadores. Tras ella llega la esplendorosa “Las Puertas”, una explícita invitación a la propia celebración -contagiosa y creíble-, que cuenta con adornos exóticos rematando la pieza. El deseo carnal y sus satisfactorias consecuencias protagonizan “Juegos de mesa”, mientras que el extravío del amor hacia la violencia de género viene denunciado en “Con las cosas que pasan”. Por su parte, la solemnidad de “Con quererte” contrasta con la delicadeza de “Celebrando la suma”, y la bruma más densa llega para cerrar el elepé con la extensa “Oceanario” y la definitiva “Por fin”.

En este disco hay narrativa presentada de manera explícita, como sucede en canciones como “El desvarío de un superviviente”, en lo que se intuyen como resquicios entreverados de la faceta del andaluz como escritor (que también acaba de publicar la novela “Wendy y la bañera de los agujeros negros”). Las líneas que separan las diferentes artes comienzan a difuminarse definitivamente, porque los ambientes cinematográficos también tienen presencia en las diferentes escenas de “Hoy Se Celebra Todo” (Ernie, 17). Además, los trabajos de Julio de la Rosa siempre han contado con alto componente autobiográfico, por lo que de la escucha se podría deducir la actual conciliación existencial del autor.

La figura del intérprete es absolutamente necesaria (y única) dentro de la escena musical patria, en un convencimiento refrendado por el compositor a cada nuevo paso. El ex Hombre Burbuja es un artista que, consciente o inconscientemente, no termina de encajar en ningún término o ámbito concreto, lo que lo convierte en un tótem de independencia creativa rodeado de inspiración diseminada, algo maldita y a veces casi tan visceral como poética.

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