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imelda

No seré yo quien diga que no está bien que los músicos evolucionen, faltaría más. Un artista debe decidir qué pasos dar en su carrera, pero creo que, en esta ocasión, Imelda May se ha equivocado. Ha sido valiente, y eso hay que reconocérselo. Ha roto con todo lo que había hecho en el pasado pero el paso ha sido demasiado irregular para saber las consecuencias de ese cambio.

La bellísima Imelda, con cambio de look incluido desde hace meses, ha optado por un trabajo delicado, de medios tiempos y baladas de corte jazzy que, a pesar de estar muy bien interpretadas, le dejan a uno la sensación de frialdad absoluta. Ni la producción del siempre infalible T Bone Burnett salva el álbum del descalabro.

No estoy pidiendo que la irlandesa se quede para siempre anclada en ese rockabilly que, por otro lado, le sentaba tan bien. Pero un cambio de este estilo requiere mayor reflexión a la hora de seleccionar unas canciones que colaboran a la sensación de monotonía, y un proceso más largo y pensado del que le ha llevado hasta aquí. El riesgo, en dosis más pequeñas, le hubiera sentado mejor. Aprobado raspado.

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