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No a todo el mundo le sienta bien madurar o envejecer. Hay que saber llevarlo, disfrutarlo más que aceptarlo, tener el acierto de encontrar un espacio propio y, en el caso de un músico con suficiente instinto de supervivencia, fidelizar a un sector del público. Quizá por eso Elliott Murphy se mudó a París hace ya una eternidad, dejando atrás una escena del rock americano de los setenta en la que publicó sus mejores obras, pero en la que también, de forma algo injusta, fue eclipsado por grandes figuras como la de su amigo Bruce Springsteen o la de uno de sus principales referentes, Bob Dylan. En su exilio parisino, Murphy encontró el espacio y la ilusión para continuar, manteniéndose muy activo y logrando con cada disco que los años no parezcan pasar para él. Sin componer epopeyas tan magníficas como las de antaño, pero sin decepcionar con trabajos mediocres. Su nueva entrega insiste en esta línea poco arriesgada pero segura. Así, arropada por la guitarra del habitual Olivier Durand y otros músicos franceses, la voz de Murphy discurre plácidamente sobre ritmos melódicos pero firmes, muy conocidos pero aún vigentes. Con esta velocidad de crucero, hay cuerda para rato.

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