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¿Qué es lo que convierte a un artista excelente en un clásico? ¿Es una cierta serenidad ante la vida, la aceptación de lo bueno y lo malo, la capacidad de explicar la luz y la oscuridad del mundo humildemente y sin aspavientos, con la máxima elocuencia y elegancia? Si es algo de eso, no cabe duda de que el norteamericano ha alcanzado ese estatus, tras más de veinte años de impecable trayectoria reinventando la rica tradición de la americana. Con su tono suavemente luminoso y arreglos que evocan los setenta, “Dream River” ha sido concebido por su autor como un álbum para escuchar de noche, justo antes de entrar al territorio de los sueños. Una engañosa ligereza viste las composiciones (por ejemplo, la preciosa balada “Small Plane”), cuya instrumentación es más exuberante. Flautas, congas, pianos eléctricos, claves y violines, que, sin oponerse a la sobriedad habitual de Callahan, confieren al álbum una rara atmósfera onírica. Y luego, claro, esa voz profunda y cálida que declama verdades eternas de forma críptica, y que aquí y allá nos toca por dentro: “We’re all looking for a body or a means to make one sing”, canta al final de “The Sing” y todos sabemos que es verdad.

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