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Son contadas las veces las que uno se tropieza con un disco tan visceral y primitivo en su esencia sin que esto nos conduzca a pensar que se trata del resultado de un cúmulo de aciertos azarosos. En lo nuevo de Chris Clark, de un tiempo a esta parte conocido únicamente como Clark, no caben improvisaciones ni caprichosas demostraciones de ego. Todo aquí en cada uno de los nueve cortes del tracklist está hilvanado con la virtuosidad que el productor ya nos hacía partícipes en su anterior álbum homónimo, editado también bajo el manto de Warp Records. “Death Peak” es un disco que no puede ser entendido en toda su naturaleza si no es a través de una escucha activa y libre de prejuicios –y a poder ser con un buen par de auriculares– para dejarse después llevar por sus diferentes regueros sin otra finalidad que la de saberse vivo a golpe de kicks y subgraves, como si se tratase de un canto pagano. Idea a la que el propio artífice se agarra cuando habla del título de su noveno largo: “Me daba buena sensación y me lo repetía como un mantra. Death Peak Death Peak Death Peak. Empieza suavemente, todo son prados y mariposas, y acaba contigo en la cumbre de una montaña temible y peligrosa, contemplando un paisaje desolado”.

Es la ambient “Spring But Dark” la encargada de abrir a modo de prolegómeno un disco en el que prevalece un sonido áspero y crudo a la vez que altamente contagioso, con melodías que caminan por senderos rocosos y angulares para aterrizar en sinuosos paisajes boscosos y taciturnos. Pero hay más. Lejos de ser un disco de tecno convencional, el productor de Bristol vuelve una vez más aquí a apostar por la introspección como fuente creadora, con canciones que escapan de toda lógica estructural, algunas de ellas con voces corales, y que demandan de una comunión casi extrasensorial y mística con el oyente, todo ello sin dejar de lado al Clark más machacón y clubbing de temas como “Banjo” o “Sodium Trimmers”. De ahí, que a lo largo del álbum nos topemos con un gran número de elementos rave (“Butterfly Prowler”, “Slap Drones”) y sintes arpegiados que recuerdan al trance noventero de discoteca de periferia (especialmente en la atronadora “Hoova”), que Clark lleva a su terreno para convertirlos en oro puro.

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