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Lo primero que cabe decir a la hora de enfrentarse al segundo álbum de los murcianos Crudo Pimento es que su música no es apta para todos los públicos. Su vertiente más marciana, iconoclasta y, como su propio nombre indica, cruda, es obviamente su seña de identidad; su razón de ser como banda. Una senda que transita entre lo lúcido y lo descerebrado, entre la tradición y el caos, entre lo antiguo y lo más antiguo todavía, pero pasado por un filtro tan peculiar como particular, en cierta medida único. Por eso su música no es apta para todos los públicos, aunque si recoge registros que podrían gustar a todos. Del folclore más próximo al blues pasando por el guaguancó o el metal, en una especie de fusión local a la que, puestos a poner una pega, solo acaba por lastrarla la inclusión de cortes de voz pregrabada que dan muestra del peculiar universo en el que se mueve el dúo. Los encuentros con extraterrestres, o las presencias satánicas, dan rendida cuenta de lo friki de una propuesta en la que, gracias a Dios, no caben imitadores. No quiero ni imaginarme qué sería del mundo con muchas más bandas como esta.

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