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Huyendo de un pasado oscuro semejante en su piel al efecto de un llamativo pintalabios rojo, Christina Rosenvinge emigró a Nueva York en busca de la siempre escurridiza comprensión. Y acabó afilando su pop artesanal en baretos de ensueño (oh, Lee Ranaldo, ¿cuánto te debo?), para volver dispuesta a encajar de una vez por todas en el panorama nacional.

“Continental 62” es su última apuesta y el cierre de la trilogía que comenzó con “Frozen Pool”. Tan bien acompañada como de costumbre (Steve Shelley, Ranaldo y Tim Foljahn figuran en los créditos), firma con su voz de muñeca rota diez temas de ascendente retro (el corte jeanette “¿Quién me querrá?” y el la la la de “A Liar To Love”) y rincones oscuros (“Tok Tok” y la kafkiana “Teclas negras”), por momentos cinematográficos (el piano kubrick de “Continental 62” y la Marilyn desorientada de “Jelly”) y hasta pegadizos (el ticky ticky ticky de “White Hole”). Diez temas, en fin, que parecen piezas de puzzles distintos. Como pequeños mundos aparte. Si la intención era construir un álbum caleidoscópico, uno a cero. Si no, algo no encaja. Sea cual sea el caso, bienvenida.

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