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En 2006 a Neil Young le operaron de un aneurisma cerebral y a sus cincuenta y dos años se da cuenta de que la carcasa está jodida y todavía le quedan un montón de cosas por hacer.

En 2006 a Neil Young le operaron de un aneurisma cerebral y a sus cincuenta y dos años se da cuenta de que la carcasa está jodida y todavía le quedan un montón de cosas por hacer. Por eso, tras unos discos furiosos con la administración Bush y abrir sus archivos sonoros personales (que nos darán más sorpresas en el futuro) recupera ahora, como hilo conductor, la idea de un disco que debería haber visto la luz hace treinta años (“Chrome Dreams”), pero que según cuenta la leyenda un comentario de Carole King acerca de lo poco homogéneo del álbum frustró una edición que quedó enterrada para siempre. Ese es el punto de partida para esta nueva colección de canciones (tres de ellas recuperadas de la antigüedad) en las que Neil Young se viste de nuevo con sus tejanos y camisa a cuadros roída para dar rienda suelta a esas cabalgatas de distorsión guitarreras tan propias de discos de esa segunda mitad de los setenta como “Zuma” o “Rust Never Sleeps” y algún medio tiempo de sensiblera dulzura folk-rock. De hecho, los temas podrían ser tomas desechadas de esos mismos discos ahora regrabadas. Especial mención merece “Ordinary People”, un tema de dieciocho minutos a modo de intensa jam, adornada con metales, que hará las delicias del cualquier seguidor del canadiense. El resto no pierde comba y discurre con clase, aunque sin riesgo, por el cuadernillo clásico del profesor Young.

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