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Cuando Animal Collective andaban presentando el aclamado “Merriweather Post Pavillion” sobre los escenarios, parecía que su work in progress se inclinaba por un sesgo rítmicamente tribal cuya génesis habría que buscar en la música africana, de un modo menos epidérmico que el de toda su pléyade contemporánea de oportunistas cultivadores. Cuatro años más tarde, con la vuelta al redil de Josh “Deakin” Dibb y un par de singles previos (que no adelantos: “Honeycomb” y “Gotham”), el controvertido cuarteto de Baltimore desmiente aquella inclinación y vuelve sobre sus propios pasos, con una novena entrega que gana en cohesión y accesibilidad todo lo que pierde en el que era su principal activo: una heterodoxia que dificultaba el rastreo de su árbol genealógico (si bien la reevaluación de los primeros discos de Mercury Rev o The Flaming Lips siempre ha podido abrir grietas en el incólume consenso acerca de su singularidad). Porque las melodías alucinadas de abigarrada raigambre sixties pasadas por tamiz ácido, el sentido la de repetición y el aprecio por exprimir la artillería sónica que apuntala sus composiciones (algo más atenuado aquí, en un trabajo más orgánico de lo que acostumbran) siguen siendo sus principales señas de identidad. Las de una banda que amplía ligeramente la recepción potencial de su propuesta (las estupendas “Father Time” o “Monkey Riches” no engañan sobre sus intenciones). Y quizá, también con ello, muestren que son más terrenales de lo que muchos están dispuestos a creer.

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