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En otra de las reseñas que firmo para esta web encontrarán ustedes una crítica en la que hablo de sinceridad, de artistas cuya vida se ve reflejada en cada una de las canciones que componen y como cada uno de sus trabajos gira alrededor de sentimientos universales que ellos relatan mejor que nadie. Bien, pues todo ello serviría para resumirles a grandes rasgos lo que es “Carrie & Lowell”, una verdadera obra de arte que hace palidecer al ochenta por ciento de los discos de los que hablamos en estas páginas. Por ello, su escucha requiere tanta calma como Stevens parece pedirnos al oído. Únicamente así descubriremos toda la riqueza que atesora y toda la belleza que solemos atribuirle quizás a la ligera a la música de demasiados creadores, pero que la de Stevens convierte en una suerte de paz espiritual en la que el tiempo se para y el corazón se abre para dejar entrar lo que su susurrante voz quiere contarnos. Esta vez, desnudez musical y emocional se entrelazan, dando pleno sentido a este retorno al folk confesional y minimalista de discos como “Seven Swans” (2004). Escuchándolo uno solamente se arrepiente de perderse algunos detalles de unas letras que cuentan, cuentan y cuentan, y que nos enseñan que no todas las vidas son iguales, aunque todas tengan un fín último común. Stevens habla de muerte y decepciones, pero también de gestos de humanidad. De extrema honestidad, da la impresión de que “Carrie & Lowell” es tanto un homenaje al padrastro de Stevens (Lowell, también co-fundador de Asthmatic Kitty) como una carta abierta a una madre (Carrie, fallecida de cáncer en 2012) que le abandonó de pequeño, pero a la que el estadounidense siempre intenta entender. A lo largo del disco, Stevens habla, en general, de los grandes temas que mueven a la humanidad resumidos en once piezas de las que resulta prácticamente imposible restar alguna.

Para darle forma, Stevens ha contado con la ayuda de, entre otros, Sean Carey, Laura Veirs, la violinista Nedelle Torrisi o el pianista Thomas Bartlett, que añaden detalles aquí y allí, además de unos coros precisos y casi mágicos. De todos modos, en “Carrie & Lowell” mandan la voz y la guitarra desnuda de Stevens que casi no necesitan de nada más para firmar canciones tan preciosas como “Death With Dignity”, “Should Have Know Better” o las grandiosas “Eugene” y “Fourth Of July”, pero que se engrandecen cuando entran en escena los coros angelicales, los detalles de teclados, los pianos casi confesionales o la electrónica más íntimista a la Sigur Rós de piezas como “All Of Me Wants All Of You” o la muy religiosa “John My Beloved”.

No se me ocurre mejor canto a la vida, sobre todo en estos tiempos de extrema frivolidad, que grabar un disco de la intensidad emocional de “Carrie & Lowell”. Supongo que, para Sufjan Stevens, lo de menos será que al mismo tiempo sea un grandioso disco. Si uno puede llorar mientras suena “Eugene”, no quiero ni imaginar lo que puede sentir Lowell Brams cada vez que la escucha.

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