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El proyecto El Capitán Elefante nació como continuación, tras previa ruptura, de la banda barakaldesa Arde Asia. Ahora, con su tercer disco “Un millón de hombres”, el segundo en formato largo, escriben con mayor profusión ese trayecto hacia su historia particular e independiente; una que, irremediablemente, está hecha también de ingredientes comunes con aquella pasada. Y es que el cuarteto vizcaíno tiene en su ADN la esencia de un rock eléctrico clásico, cargado de nostalgia y épica, que se vislumbra en unas letras mayormente cínicas y desesperanzadas, al que en su nueva nomenclatura han ido apartando del camino establecido para, en cada momento utilizando diferentes piezas, dotarle de un revestimiento mucho más contemporáneo.

Su anterior EP “Agoraphobia” dirimió que ese recorrido debía de tomar una forma robusta y cruda, algo que sucede de nuevo en este álbum, no obstante parte de su contenido está gestado en un mismo momento creativo. Pese a esas directrices comunes, el actual trabajo se manifiesta bajo una grabación más cuidada y detallista. Términos que no van en detrimento de esa presencia prioritaria de las guitarras, un elemento en el que tiene mucho peso la elección del productor y virtuoso de dicho instrumento Pedro J. Monge, pero que sí encuentra reflejo en unas ambientaciones que tiñen el humo de los sótanos con luces de colores cuasi discotequeras.

Si de lo que se trata es de resaltar aquellas composiciones que nacen inyectadas del nervio eléctrico, nuestros ojos, y todos los demás sentidos, deben de posarse en “Enfermos de tristeza”, marcada por el trepidante ritmo a lo Gatibu; la fiereza nostálgica de Doctor Deseo o impregnada de Los Enemigos más vitriólicos, o en “Sísifo”, de similares características pero quizás por cierta forma de interpretar más ligada al concepto genérico de rock urbano. Una orgía de las seis cuerdas que no cesa tampoco en “El capitán”, más centrada en cierta exuberancia instrumental.

Pero, y a pesar de que en todos los ejemplos mencionados ya hemos podido advertir los destellos de esa decorativa producción, hay otro bloque de temas en los que se hace mucho más patente esa atmósfera orientada hacia cadencias bailables. Ahí destacan principalmente “Xanadú HD”, en la que si por su título no fuera lo suficientemente explícito como homenaje a Olivia Newton-John y a la Electric Light Orchestra, su patente y contagiosa esencia funky así lo certifica; algo muy parecido a lo que se puede esgrimir respecto a “Dancingcidio”. A lo mejor sin llegar a ser tan flagrantes, pero sí latentes, los elementos recién comentados, temas como “Jone y Gari”, “Dios vive en Nueva York” o “Contigo al fin del mundo” se podrían ubicar perfectamente entre ese conglomerado de bandas en las que aparecerían desde Correos a Lori Meyers.

Josele Santiago, influencia clara principalmente por medio de su banda en El Capitán Elefante, se quejaba una vez de que había mucho rock pero poco roll. Una idea que desde luego no puede ser achacada al grupo vizcaíno, que en esta nueva etapa tiene claro que su contundencia y herencia clásica debe de estar alimentada por un dinamismo y connotaciones contemporáneas. Así lo hacen, y además de saldarlo con nota se transforma en esencia para construir su personalidad.

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