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Sería un necio si negase la influencia que tienen nuestro entorno y nuestras experiencias en la forma en la que nos acercamos a la música y, sobre todo, en la forma en la que algunos la crean. Cuando Justin Vernon dio forma a su primer álbum, “For Emma, Forever Ago” (07), una de esas obras maestras que crecía día tras día ante nuestros ojos, apostó por alejarse de un mundo que le había decepcionado emocionalmente y componer en la soledad de una cabaña entre el chisporreteo de una hoguera y los soplidos de un viento al que los humanos le traemos sin cuidado. No había espectadores, no había presión, no había necesidad de huir de ninguna etiqueta porque sencillamente Justin Vernon apenas era nadie antes de convertirse en Bon Iver. Han pasado los años y la popularidad del estadounidense es tal que “22, A Million” es uno de los álbumes más esperados de las últimas temporadas. Hay millones de espectadores, hay presión, hay necesidad de huir de etiquetas en este retorno tras cinco años alejado de su alias más conocido. Y aunque el acto de componer sea, en el fondo, algo muy íntimo, Justin Vernon firma con “22, A Million” uno de esos discos que un artista crea cuando sabe que, ahí fuera, en distintos puntos del mundo, hay ojos añalizándole, corazones queriéndole y puñales esperándole. Quizás por ello “22, A Million” refleja más que en su momento “Bon Iver, Bon Iver” (11) la necesidad de Vernon de alejarse de los tópicos creados a su alrededor y pasa por ser el disco que más le apetecía hacer aquí y ahora.

Habrá quien considere, escuchándolo, que “22, A Million” es un movimiento forzado (no hace falta más que echarle un vistazo a los títulos de las canciones para tener claro que el estadounidense no pretende ponerle las cosas fáciles a los oyentes accidentales), mientras que otros entendemos que Vernon ha usado la presión en beneficio propio y, junto a buena parte de sus músicos habituales e influido por amigos como James Blake o Kanye West, se ha dejado llevar hacia algún lugar alejado de lo que en su caso sería más evidente. Nunca ante había echado mano de tanta electrónica, nunca antes había exprimido tanto el Autotune en sus canciones, nunca antes había sonado tan experimental. Y lo bueno de la historia es que todo ello no impide que “22, A Million” continúe atesorando una parte de la melancolía y la emoción de sus antecesores. Lo que ocurre es que, cuando uno está a punto de soltar la lagrimilla en los momentos más intensos, va Vernon y nos planta unos glitches malintencionados, suelta unas fugaces percusiones noqueantes o desdibuja la melodía hasta que casi nos olvidamos de ella. Con todo ello, Bon Iver redondea un álbum que nunca será el favorito de prácticamente ninguno de quienes le rendimos pleitesía, pero que encaja a la perfección en una evolución artística coherente a la huída del acomodo. Porque “22, A Million” es un disco exigente que requiere escuchas en buenas condiciones, pero que, al final –y eso es lo importante-, ofrece su recompensa.

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