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Disfrutar del nuevo disco de The Rolling Stones depende, y mucho, de cómo se afronte su escucha. Si tenemos ganas de criticarlo motivos nos sobran: Que si es un disco de versiones; que si se ha intentado calcar de manera consciente el ambiente de la producción de sus primeros discos; que Mick Jagger se lleva un porcentaje demasiado elevado del protagonismo. Y un largo etcétera. Pero curiosamente, con una buena actitud, estos peros se tornan en sus mejores aliados.

Las versiones no solo están escogidas excelentemente, sino que, además, compensan la incluso reconocida por ellos mismos incapacidad compositiva actual de la banda (reconocida en numerosas entrevistas). Se ha optado, además, por buscar una mayoría de clásicos del blues que destacaran por el predominio de la armónica en sus temas, como Little Walter o Willie Dixon.

La producción es buscada, sí, pero eso no la hace artificial y, por suerte, ha desbancado a los dudosos trabajos que últimamente presentaba Don Was, aunque curiosamente sea el mismo el encargado de llevarla a buen término.

Y Jagger destaca, deslumbra diría, pero ¿qué hay de malo? Demostrando que se encuentra en un estado vocal prácticamente insuperable y que conserva el mojo en sus interpretaciones con la armónica ¿por qué no aprovecharlo?

Cierto es que al final se trata de un disco de revisiones ajenas, y que ese blues rasposo y crudo de los inicios del género araña aquí menos que un gato con calcetines, pero nos da igual. No seré yo el que ponga problemas al primer disco buenos de los Stones en varios lustros. Solo faltaría.

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