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En ocasiones, a uno se le queda la cara de pazguato al leer según qué cosas. Deberíamos tener presente que cualquiera que se enfrente a un disco como «Bloodflowers» debe hacerlo de forma íntima, al margen de informaciones externas.

Pero no siempre es así. Folletos promocionales y críticas del álbum que no son mucho más argumentan –en teoría Smith también lo sugería en su visita promocional a nuestro país- que «Bloodflowers» era el último capítulo que cerraba la trilogía abierta con «Pornography» y, muchos años más tarde, «Disintegration». Entonces, al escuchar en profundidad este disco, uno descubre que «Bloodflowers» no tiene apenas nada que ver con el maravilloso disco del 82 (aquella trilogía oscura y after-punk la componían «Pornography», «Seventeen Seconds» y «Faith»), a excepción de que The Cure vuelven a las letras tristes y asfixiantes del pasado. Porque las nueve piezas del nuevo disco de The Cure acuden, una vez olvidado el despiporre de «Wild Mood Swings», a «Disintegration» –a este sí- y a «Wish», aunque las acústicas lo pueblen como nunca, aunque el extenso minutaje de las piezas no conozca igual (en «Watching Me Fall» Smith llega a los once minutos sin dejar de cantar apenas unos segundos, y tres de las canciones restantes superan los seis minutos) y aunque los devaneos de guitarras hipnóticas sean más importantes que en ningún otro disco del grupo. Por eso este es un disco destacable de The Cure, porque cuenta con una indudable personalidad propia y porque sus canciones vuelven a recordarnos que Robert Smith es un gran compositor.

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  • Anónimo

    Your answer shows real inilnltgeece.

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