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Para todos los que pensaron antes de “Vulnicura” (15) que Björk ya había dejado de ser un referente dentro de la ¿evolución? del pop en el siglo XXI, la publicación de “Utopia” ha supuesto la formalización absoluta de un genio que, a pesar de su falta de puntería en sus experimentos posteriores a “Vespertine” (01), siempre ha contado con un bien tan preciado en estos días: el gen de la incomodidad contra los consensos establecidos en el gran supermercado pop.

Mientras el revivalismo prosigue su trayectoria en bucle hacia lugares comunes cada vez más amplios, la islandesa no tiene más que seguir retorciendo y sembrando de nuevas estancias su monumental castillo, cimentado de estalactitas y géiseres helados. La configuración tremendamente geográfica de su música sigue siendo un bien necesario dentro de la globalización musical imperante. Una fuerza de resistencia para la que ha vuelto a contar con Arca, ya presente en su anterior álbum, que ha aumentado su grado de participación por medio de un surtido de samples y efectos de estruendosa fisicidad. Así ocurre desde la fascinante “Arisen My Senses”, una clase de tema en extinción que induce a la pregunta: ¿quién si no ella sería capaz de hacer que Ben Frost sonara pop? Los paralelismos con el productor y músico aussie reflejan la relevancia de un Arca más selvático que nunca al que Björk equilibra desde canales melódicos únicamente posibles a través de su voz, arreglos alienígenas como en “The Gate” o su sorprendente uso de la flauta. Con dicho instrumento, la ex Sugarcubes dota de aromas indígenas paisajes fourth world con cadencia pop como en la titular del álbum, otro de los múltiples hallazgos aquí escondidos. Tantos como dar nueva vida un tema pasado como “Undo”, que renace bajo extensiones naturalistas en la melodía-guía de “Saint”.

Esta forma de revolver su propio fondo de armario, nos lleva a contemplar “Utopia” como una deformación de “Vespertine”, para la que las pistas instrumentales y vocales parecen fluir fuera de timing. Canciones como la hermosa “Losss” patinan sobre hielo escurridizo, aunque siempre con un fin: ese punto en el que los diferentes tentáculos instrumentales son anudados bajo una misma luz armónica. Ahí es donde Björk nutre de escaleras en la memoria del oyente hacia su música. Una que, por otro lado, cuando es muy narrativa, como en la tan literal “Sue Me”, se vuelve incómodamente real. Dicho corte y ciertos pasajes impenetrables de la extensísima “Body Memory” son los únicos peros dentro de todo el conjunto. Obviando estos desniveles -por otra parte perfectamente entendibles dentro de una obra tan ambiciosa y de setenta y un minutos de duración-, emerge una nueva piedra maestra dentro de una trayectoria que, reconozcámoslo ya, no ha tenido rival, ni ha hecho tanto por encontrar vetas dentro de las estructuras formales del pop, a lo largo de este último cuarto de siglo.

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