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Ha hecho falta una mixtape para borrar de un plumazo varios tópicos construidos alrededor de Alba Farelo. Si bien la propia Bad Gyal se había esforzado –entrevista tras entrevista– en desmentir cada una de las cábalas de la prensa sobre su música, “Slow Wine” (2016, autoeditada) demuestra con hechos que la joven ni hacía trap, ni quería erigirse en estandarte del feminismo, ni su carrera iba a ser flor de un día.

Si bien Youtube fue su escaparate, las “relacionadas” de la plataforma de streaming le jugaron una mala pasada. Las primeras canciones de la catalana, con un aire lo fi y de bases downtempo –obra de Fake Guido, su productor de cabecera– parecían hacerla caer en el saco roto del trap catalán. Con “Slow Wine” se desmarca de lo disruptivo de base trapera para abrazar lo que ella siempre consideró como sus orígenes musicales: la música jamaicana. Mucho más cercana a Kingston que a Atlanta, Farelo se ha escurrido con soltura entre las músicas de sus compañeros de generación y le ha añadido beats pegones. Vybz Kartel o Popcaan, siempre en su reproductor, ahora asoman sin decoro en temas como “Fiebre” o “Dinero”.

De la misma manera, se torna complejo su mensaje. La noche, el dinero o el amor forman parte de un concepto que choca con el purismo de quien quería ver en Bad Gyal un estandarte del compromiso político; categoría que ella nunca ha reconocido. Habrá quien quiera ver en sus nuevos temas mensajes de empoderamiento, otros verán asomar rastros de amor romántico, sexismo o incluso cosificación. Sin ataduras, Farelo se desmarca de las banderas. Según comenta, al feminismo llega más “por reacción [al patriarcado] que por convicción” y fruto de su poco aprecio por las etiquetas en los vídeos hay motos, polígonos, cubatas, rayas kilométricas (en los ojos), vestidos cortos y meneo. Con ello reivindica una libertad que pone en jaque a quien solo defendiera su carrera por discriminación positiva.

Es precisamente en los contrastes donde gana Bad Gyal. Mala feminista, mala trapera y peor cantante. ¿Y? “Slow Wine” es algo que se mueve y que resquebraja las fronteras de lo políticamente correcto, algo que se vuelve incómodo para los que vivan la música entre eslóganes. Y seguirá siendo así mientras Farelo sea el pussy que mana. No hay que ser millennial para entender eso.

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