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Atom Rhumba ya olisqueaban el funk-punk hace años, y al final todos aquellos desvaríos en sintonía con Pussy Galore, Gories, Scientists y Los Bichos -eran tiempos de “Dirt Shots” (Munster, 1999) y “Hormonal Riot” (Munster, 2000)- se convirtieron en una batidora rítmica de la mano de Mick Collins (The Gories, The Dirtbombs) en el laureado “Chasin’ The Onagro” (Munster, 2001). El grupo de garage primitivo empezaba a equilibrar ímpetu y músculo, a proporcionar cuerpo a sus composiciones, y era el momento justo (entre los últimos pasos de The Make Up y la eclosión de Radio 4).

Aguijoneado por un directo en crecimiento exponencial, el concepto de Atom Rhumba no podía dar marcha atrás ni conformarse con el (siempre efímero) reconocimiento mediático. Cambió formación y se enrockeció, con ese punto de prepotencia que es necesario para estar en primera línea. Buscó solvencia y cercanía en la mesa de mezclas (Kaki Arkarazo), y tendió la mano al mito -Josetxo Ezponda (Los Bichos), por delante de Hendrik Röever (Del Tonos), Luis Camino (21 Japonesas) y Jomes (BAP)-. Y así dio forma a un nuevo combinado, mitad síncopa negroide, mitad lobreguez pantanosa (¿alguien dijo Beasts Of Bourbon? ¿Rowland S. Howard?). Más robusto que nunca y con el ritmo en el punto de mira. El ritmo. Para contorsionarse y para arrastrarse. Sin complejos.

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