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De todos los grupos de la dinastía del Donosti Sound (el término ya no es lo que era), Ama son el más endógeno, el de desarrollo menos impactante e inmediato. En lugar de buscar el clímax del esquematismo pop o la pasmosa divinidad de las orquestas checas, Ama optan por un genuino dejarse llevar, íntimo y cotidiano. Indudablemente, para llegar a apreciar sus pautas, uno debe familiarizarse antes con ellas, ser de esa clase de oyentes dispuestos a sumergirse en el Vergel Integral del Medio Tiempo.

La música de Ama no entra en las personas, son las personas las que entran en las canciones de Ama. Todas esas escenas domésticas, que en conjunto resultan algo apáticas y ociosas, constituyen el verdadero meollo en la simbología afectiva del grupo. Hay que señalar, para ser justos, que la pereza musical les hace un flaco favor y provoca en cierto modo que la sensibilidad de Ama resbale sobre la coraza del oyente, cosa que siempre decepciona un tanto: lo que podría ser y no es, las expectativas frustradas. Canciones que deberían hacer sucumbir a quien las escucha, enamorarle sin remedio, condenadas, en su segundo asalto a la complicidad emocional, a ser sólo amigas suyas. Y eso es todo lo que, por desgracia y por disposición, consiguen: únicamente amistad.

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