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Echando la vista atrás ahora que se publica el debut en largo del proyecto más personal de Hugo Sierra, es fácil retroceder unos años hasta llegar a 2010 y encontrarnos con las primeras canciones de Prisma en Llamas, un proyecto compartido con Pablo Santoro (Ensaladilla Rusa, Bicicross) del que apenas se ha sabido desde entonces más allá de algún single compartido con Atomizador y Violeta Vil. Aeropuerto extrañamente blanco fue un EP absolutamente cegador, con pequeñas maravillas como Taller radical o Cadete; pop con mayúsculas como pocas veces nos habremos encontrado, dentro de un inverosímil túnel de luz que venía de los imprescindibles Margarita y que, después de tomar un desvío, nos lleva hoy hasta Sierra.

Porque escuchando los primeros temas de Tiene mucha fuerza (2014) lo más obvio, como apuntó entonces Lidia Damunt, era detenerse en la querencia Pegamoide de La chica del cohete o Sintéticas, pero también volvía a demostrar la extraña capacidad de nuestro protagonista de convertir en luz todo lo que toca, cambiando la psicodelia pasada por un viaje a la new wave que se acentúa en este primer álbum, en el que le acompañan Arturo Hernández (Juventud Juché), Clara Collantes (El Día Después) y Antonio Castro (Charades). Ese hilo invisible desemboca en unas canciones que a priori pueden parecer menos claras que las del EP fundacional, pero es solo una ilusión que las sucesivas escuchas se encargan de ir desmintiendo. Así ocurre pronto con No eres increíble, desdoblándose a partir de un estribillo mágico al tiempo que, una vez más, encuentra luz en la negación.

Por aquí se asoman The Cure, Julian Cope o La Mode, entre guitarras cristalinas y una deslumbrante facilidad para las melodías que consigue poner el foco donde uno menos se lo espera: “Te pido luz y me contestas con el sol / te pido tiempo y te paras”, canta en Amiga extraña cuando parecía que ya estaba todo dicho. Hay momentos en los que, sin necesidad de caer en la nostalgia, los 80 se manifiestan de forma evidente (Todo el tiempo), compartiendo plano con El Último Vecino y manejando una expresividad que a lo largo del álbum también depara minutos de peligro: primero a través de la contagiosa base rítmica de Perfectamente y más tarde en La noche criminal, uno de los momentos cumbre de un trabajo que viene cargado de reproches (A ninguna parte, Aléjate) y rupturas en el horizonte (Hacerlo fuerte, en este caso desde la autoinculpación), pero también de ternura (Lala) y contrastes, con una voz rica en matices que se desliza igual sobre melodías brillantes (Me destrozaré) que sobre otras de acento oscuro (No quiero ser un hombre, llegando a las certezas por la vía del descarte), para completar esta media hora de pop meridiano que debería ampliar el alcance de una trayectoria que no siempre ha recibido la respuesta que merecía.

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