La imprevisibilidad ha sido una constante y uno de los principales valores de los conciertos de Pxxr Gvng y Yung Beef. O de las performances de Pxxr Gvng y Yung Beef, si se quiere. Entrar a una sala sin tener ni idea de lo que va a pasar es una rareza, más aún en una ciudad como Barcelona que parece blanquear y adulterar todo lo que toca. Y eso no ha desaparecido en la gira de “A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4”, al contrario: Yung Beef ya no deja simplemente que el caos aparezca, lo busca en cada momento. Busca el instante que trascienda, alcanzar la catarsis, aunque eso suponga alejarse del show perfecto (que, a decir verdad, nunca ha buscado). Y esta vez, más que ninguna otra, lo consiguió. Después de poner un poco la oreja creo que hay bastante consenso en que fue su mejor actuación en Barcelona hasta la fecha.

Evidentemente, cuando tu formato de directo pasa por el playback tienes que hacer algo por lo que merezca la pena, y llega un momento en el que ir a más pasa necesariamente por dar más peso a la escenografía y a replantearse la estructura estándar de un concierto. Del desfile de invitados de otros bolos del Seco pasamos esta vez a una jaula cuadrada, plantada en el centro de la Apolo con el público rodeándola por los cuatro costados, que marca el tono desde el minuto uno. Esa búsqueda de la cercanía que defiende (“es música de calle y no es una experiencia segura, como la del público pijo. No soy un artista intocable en un escenario, me bajo con la gente”) acaba consiguiendo otro efecto. Uno casi religioso. Como si Yung Beef estuviera, salvando las distancias, actuando encima de La Meca. Si quería impactar, hacer que muchos salieran con la sensación de haber vivido un momento histórico, demostrar ambición, generar un halo de autenticidad… funcionó. A costa, eso sí, de altibajos. No tanto por su culpa, porque ahí es donde realmente estaba en manos de la gente y de su disposición a poner las tripas a su servicio en cada segundo, pero el caso es que la irregularidad hizo acto de presencia. Hubo momentos inalcanzables, realmente intensos, y otros en que todo parecía discurrir a tirones, a medio gas.

La jaula, el tono de su última mixtape y las luces -apagadas o con él a contraluz- se tradujeron en un setlist más crudo y oscuro de lo habitual, más visceral y menos cercano a las fiestas de antaño. De reggaetón solo hubo “Infierno” y poco más, vaya. Salió encaramándose a la jaula y acompañado por Hakim con la “Intro” de “A.D.R.O.M.I.C.F.M.S. 4” (es decir, “antes de empezar ya estoy llorando” fue la primera frase que salió de su boca) y a lo largo de una hora fue soltando buena parte de la mixtape. Entre las conclusiones: “Valentino Demons” es un hit como una catedral, “Effy” en directo no acaba de lograr la catarsis emocional que promete, “Rosalía” es más que un mero interludio (y da para pogo, que siempre es de agradecer) y “Tu No Princesa” es, en cambio, prescindible. “Cold Turkey” y “Rosas Azules” reventaron, “Me Perdí en Madrid” sonó en la mitad de concierto y de nuevo para cerrar, acertó recuperando “No Fucks” o las celebradísimas “Beef Boy” y “Dinero e la ola” y hubo reloads y temas mutilados para parar un tren. Enorme la canadiense Brat Star a los platos, por cierto, tanto en un warm up abrasivo como durante el propio concierto. Probablemente lo más sorprendente del setlist fue la elección de “Nike Tiburón” cuando algunos de sus “viejos” hits se habían quedado fuera, pero encajó como un guante.

Resumiendo, quienes han sufrido con el playback o la falta de consistencia de sus conciertos seguirán saliendo con una sensación agridulce. Quienes sufren con los retrasos a la hora de empezar también saldrán con ganas de estrangular: más de una hora esta vez, ideal para que las cajas registradoras pueden rascar algo más de un público que en su mayoría tira de botellón antes y después del bolo. Pero para el resto probablemente sea una experiencia de una intensidad emocional muy difícil de ver hoy en día sobre un escenario (o algo que se le parece, en este caso) y material de primera para stories. Habían prometido un show “a medio camino entre un concierto de punk y un Sound System a las puertas del infierno”, y así fue. Y solo por los momentos en que todo encaja, en que una sensibilidad especial atraviesa a todos los que rodean esa jaula, todas las tachas que se pueden poner se quedan en algo circunstancial.