Un año más, la Fundación Walk on Project continúa su enconado esfuerzo por la sensibilización y visibilidad de las enfermedades neurodegenerativas poco comunes, así como por la recaudación de unos fondos que permitan ayudar a las asociaciones que se encargan de la investigación de dichas enfermedades. Y lo hacen mediante su habitual festival en el que dan rienda suelta al excelente gusto por el rock’n’roll que demuestran sus responsables. Así, tras la apertura de los ingleses Slydigs, tres fueron las bandas que defendieron sus particulares momentos dulces, demostrados por la expectación levantada a pesar de su presencia en directo este mismo año en el propio Bilbao (BBK Live) o en festivales cercanos (Azkena Rock Festival). Abriendo la tripleta central, unos locales Los Brazos (foto inferior) que disfrutan de la enorme apertura de horizontes que les ha supuesto su reciente “GAS”. Su base como power-trío habituado a desbrozar sudoroso rock-blues en garitos de escasa iluminación y concurrida parroquia se traslada a los mayores escenarios que comienzan a pisar tras su potente distribución nacional haciéndolos igualmente suyos y sonando engrasados, potentes y encantados de su nueva situación. Sus juegos con los diferentes espíritus del blues en canciones como “Have mercy”, “Black Sheep”, “Guardian” o “Tales” se acomodan perfectamente con los aires a rock’n’roll clásico, chulesco y bailable de “Noy my kind” o “Say my name”, y se permiten el efectismo de buscar la participación coral propia de audiencias masivas sin que deje de encajar perfectamente en su propuesta de pasarlo bien. Están en su momento, lo saben y, lo principal, lo disfrutan y comparten.

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Quienes llevan siguiendo a los americanos Cracker desde aquel debut con el disco de las sardinas en portada de 1992, son conscientes también del impecable momento que atraviesan 25 años después de su formación, como consciente es la gente que se ha ido enganchando a su propuesta a lo largo de estos años. Salvando ciertas distancias (como es el hecho de que Uncle Tupelo ya había editado “No Depression” en 1990 y que el grunge en buena parte bebía de fuentes tradicionales), Cracker fueron a la explosión agónica de ansiedad y urgencia post-punk de los años 90 lo que en la década anterior habían sido The Dream Syndicate a los sonidos tecnificados de la época, un auténtico revulsivo para las músicas nacidas de la tradición americana y engarzadas en su propio tiempo. Así, la banda de David Lowery y Johnny Hickman se convierte en punto de ebullición donde confluyen el primitivo blues, el nomadismo del folk, el nostálgico apego a la tierra del country, el frenético ritmo del rock’n’roll, la melodía imbatible del pop, la negrura existencial del soul y el r&b o la mala baba del punk para llegar a la esencia de los sonidos americanos en toda su expresión. Y encima lo hacen con la contundencia de una banda que en directo parece no dejar ni un resquicio al verso libre y sin embargo en ningún momento suenan previsibles o encorsetados. Y alcanzan el sueño de muchos: la perfección. Perfección tanto en canciones, con un cuerpo de clásicos imbatibles, del “Euro-Trash Girl”, un himno con la sobriedad de la elegancia, a la adicción rítmica de “Low”, “Teen Angst”, “Sweet Potato” o “Get off this”, el puro sabor del mejor rock americano embellecido en base a steel guitars de joyas como “California Country Boy”, la deliciosa nueva lectura de “Where have those days gone”, “The Golden Age” o la arrastrada “One fine day”, donde la steel y la eléctrica ofrecen un mano a mano impecable, y la fuerza casi punk de potentes exabruptos como “100 Flower Power Maximun” y “Time Machine”. Pero perfección también en el hacer instrumental sobre el escenario, donde un David Lowery comedido acepta su médula creativa pero cede el protagonismo instrumental, y en ocasiones vocal, a un pletórico Hickman a la guitarra. Impepinables, como esperábamos.

Y si Cracker eran el ejemplo de llegar a la esencia de la música junto a un contundente y sobrio directo, excelente oportunidad la que nos brindaba el ver acto seguido a los californianos Vintage Trouble (foto superior). Porque no discutiremos que son capaces de llegar a la esencia del espectáculo en directo, con un Ty Taylor desatado y fulgurante, pero se quedan en ese mero entretenimiento, en parte por no poder, o no saber, acompañarlo de canciones. Algo tan aparentemente sencillo pero definitivamente inaccesible para quien no tiene la llave. Así que cuatro tipos pintones, con la lección aprendida tras ver los muchos años de grandes estrellas sobre los escenarios, resultan efectivos cuando son ellos los que los toman, y para muchos de los asistentes, algo más que asombrosos, con las correrías de Taylor y media banda por toda la sala. Pero cuando suenan el intento de sensualidad de “Soul Serenity”, la redundante “Angel City, California”, la búsqueda del terciopelo en “Doin what you were doin” o ese intento de emular el “Land of 1000 dances” que encumbrara Wilson Pickett que es “Total Stranger”, uno no puede evitar quedarse a medias. O mucho menos que a medias. Y no es algo que el stage diving con el que finaliza Taylor sus carreras en “Run like the river” pueda arreglar, por más que no se niegue su efectismo refrendado por buena parte de la concurrencia