Los de Londres vencieron y convencieron en su nuevo paso por Madrid, con un concierto de arrolladora tensión eléctrica, en el que demostraron, de nuevo y por si hacía falta, que la diferencia está en algo tan (aparentemente) simple como salir al escenario con el cuchillo entre los dientes. Disfrutando de cada segundo. Olvídense de todo lo demás: sin esta premisa, mejor quedarse en casa.

Los barceloneses Conttra se habían metido al todavía escaso público en el bolsillo con una buena ración de amable pop rítmico y un divertido festín de percusión como traca final. Prepararon el terreno a los británicos, que irrumpieron ya con una buena entrada y las ideas perfectamente claras. La joven banda británica presentaba su segundo disco, Visions Of A Life, en el que han ampliado su paleta de colores, mostrando una versatilidad sin prejuicios que les hace pasar del brumoso shoegaze de Heavenward a la irresistible bofetada de punk primario de Yuk Foo y (más tarde) los acordes entrecortados de la aseada Beautiful Unconventional. Las dos primeras canciones del disco ponían el listón en las nubes. Pero los británicos se las ingeniaron para mantenerlo. ¿Cómo? A base de pasión y convicción, sacrificando quizá algún matiz, pero manteniendo la intensidad incluso en los momentos más delicados, que los hubo. Ni siquiera el sonido algo enmarañado, sobre todo en lo relativo a la guitarra, empañó la velada.

Puede que a algunos tiquismiquis sus vaivenes genéricos les parezcan dispersión, pero ellos están muy a gusto en esa aparente indefinición que les lleva a coquetear con casi todo: el grunge, el stoner-rock, el shoegaze, la languidez adolescente C-86 o gótica o incluso las sinuosidades psicodélicas y algún guiño a Black Sabbath. El músculo rítmico y guitarrero y las melodías vocales de Ellie Roswell cohesionan todo en un directo demoledor en el que los cuatro se muestran colegas y cómplices, como sucede en aquellos raros grupos que nos reconfortan porque todo parece utópico y complementario: guitarrista aplicado de la escuela inglesa que exprime de sonidos centrifugados su instrumento, perfectamente capaz de pasarse una canción entera volteando su Jaguar sobre la cabeza o arrastrándola por el suelo; bajista simpático que si tiene que tocar sin correa una canción entera, lo hace -¡eso es compromiso!-; batería consistente que le zurra lo necesario para no acabar aplastado bajo el muro eléctrico. Y al final, por supuesto, el carisma de la tímida pero agradecida Ellie Roswell, doble micro para hacerse los coros a sí misma, capaz de pasar de la languidez elegante de una Elizabeth Fraser o una Harriet Wheeler al alarido de riot grrrl sin pelos en la lengua, en apenas un segundo. Sin restarle méritos a sus muy competentes compañeros, tiene todas las papeletas para convertirse en estrella global con su voz tan angelical como poderosa y su aura, esa espontánea combinación de mala hostia y fragilidad. Diecinueve canciones, incluyendo hits irresistibles como Silk, Giant Peach, Fluffy o Visions Of A Life, que se pasaron en un suspiro.

No se puede impostar la camaradería y la pasión por lo que se hace, y Wolf Alice mostraron ambos atributos con esa generosidad que el público de por aquí agradece tanto. Tienen, en definitiva, eso intangible que les permite conectar. Casi llenar La Riviera de público parcialmente joven o muy joven con sus muros de guitarras, no está al alcance de cualquiera en estos tiempos en los que los sonidos pregrabados cotizan al alza. Ya sabemos el secreto. Que les dure.