Aunque podría parecer el contrario, Wilco no son de otro planeta, son de carne y hueso. Tras reinventar con éxito el folk rock y el country estadounidense, la banda liderada por Jeff Tweedy lleva años demostrando que son capaces de hacer lo imposible encima de un escenario. El concierto del Palau de la Música no fue una excepción: la banda de Chicago dio a los asistentes una noche histórica, para recordar junto a la vivida en L’Auditori hace dos años o en la Sala Razzmatazz en 2007. No es fácil explicar cuáles son los motivos para amarles con tanta pasión. Wilco son una banda con muchos factores para no generar el típico fenómeno fan. Por un lado, carecen del típico líder histriónico, histérico y derrochador de glamour. Jeff Tweedy es más bien sencillo y discreto. En el Palau, lució su inseparable chaqueta tejana y como novedad, un sombrero gris. Además, pisó el escenario en el mismo momento que sus cinco compañeros, dejando claro que en esta banda, nadie prevale por encima de nadie, no hay estrellas. Además, tras ocho discos de estudio, aún no han colado ningún hit en las emisoras comerciales ni en músicas de ascensores. Pese a no tener éxitos superventas ni un líder-cantante semidiós a quien idealizar, agotan las entradas de cada escenario que pisan y además siempre dejan boquiabierto a todo el mundo que asiste a sus sublimes conciertos (ya lo advertía el nombre del ciclo). Presentaron “The Whole Love”, un disco que repasaron prácticamente al completo y gracias al cuál se han reencontrado con los muchos que habían malhablado de sus anteriores “Sky Blue Sky” (2007) y “Wilco: The Album” (2009). Tanta crítica quizás les ha afectado, porque en las más de dos horas de concierto, sólo tocaron “I’ll fight” y “One wing” de su penúltimo álbum y “Impossible Germany” de su predecesor. Así pues, un repertorio basado sobre todo en el último trabajo y en sus dos discos más celebrados “Yankee Hotel Foxtrot” (2002) y “A Ghost is Born” (2004).
Empezaron el concierto con los doce minutos de “One Sunday morning”, la canción que cierra su reciente trabajo. Se pasaron casi la primera hora de concierto sin decir ni una palabra al público, hasta que Tweedy (más vale tarde que nunca) decidió romper el hielo con un tímido saludo dirigido al público. Obtuvo una respuesta a base de gritos eufóricos, muchos de ellos con acento americano. Uno de los chillidos decía “He venido de Nueva York y te quiero, Jeff”. El cantante de Wilco contestó con un sarcasmo-ironía de escuela Dylaniana: “Me sorprende mucho. Que me quieras, no que vengas de Nueva York”. También dejó otras frases para enmarcar como “Sois el mejor público que hemos tenido. No vosotros en concreto, sino en general. The Beatles nunca tuvieron un público así”. También se refirió al Palau de la Música como “ un maravilloso e increíble edificio”. Como siempre, una ejecución impecable, sin ningún reproche -el único pero que puede tener un concierto de Wilco es el repertorio, aunque esta vez también lo clavaron-. Con un arsenal de diez guitarras y tropecientos pedales para el guitarrista Nels Cline, Jeff Tweedy cambiando la suya en cada canción, una batería inmensa con miles de platos y artimañas varias para el baterista Glenn Kotche; y hasta cinco teclados para los dos teclistas. Ellos sabrán si necesitan tanta parafernalia para sus directos, pero deben ser ingredientes necesarios para lograr estos contrastes sonoros y luminosos, un dominio de los tempos milimetrado y un juego de intensidades casi místico.

Lo más impactante llegó en el tramo final del concierto. La interpretación de “Via Chicago” (“Summerteeth”, 1999) volvió a ser la recreación de la tormenta y la calma, con los solos de batería inesperados a media canción, mientras Jeff Tweedy sigue cantando “Searching for a home…” como si no escuchara nada. Era sólo el primer aviso antes de la traca final: la emocionante “California Stars” de Woody Guthrie dio paso a la infalible “The Late Greats” para que empezara a sonar la obligada “Heavy Metal Drummer” (quizás sí, esto si que es un hit). Esto no se había acabado aquí. El sexteto de Chicago decidió regalar dos canciones más, no previstas en el setlist, y que serían un regalo para los fans más acérrimos. Con toda la artillería cargada, Wilco se remontaron a sus inicios mostrando su lado más rockero con dos rescates de su segundo disco “Being There” (1996). Primero “Monday” y a modo de cierre definitivo, “Outtasite (Outa Mind)”. Fuertes y largos aplausos por más de dos horas de country evolucionado, americana, rock&roll, new folk, pop exquisito, psicodelia… Nunca hay suficientes etiquetas para definir el sonido Wilco. A estas alturas ya no hace falta. Lo de Wilco está muy por encima de cualquier superficialidad. Son nuestros Beatles, Dylan y Beach Boys de Siglo XXI, pero tienen su propio sonido. Y no nos confundamos: Wilco no son ni marcianos ni de ningún otro planeta, son terrícolas, como tú y yo. Quizás por eso nos gustan tanto.