Un concierto de Wilco es todo lo que un amante de la música (así, en general, independientemente de géneros, estilos o etiquetas) puede soñar. Y ya si el concierto es al aire libre una noche de verano en un país mediterráneo y con un público lo suficientemente reducido como para ver a todos los miembros del grupo sin necesidad de pantallas, entonces el sueño pasa ya al nivel de quimera utópica. Pero ocurrió. Fue real y 3.000 personas tuvimos la inmensa suerte de presenciarlo. Algunos tuvieron incluso el honor de ejercer de teloneros, caso de los madrileños The Secret Society, que servían de aperitivo ligero al público que comparecía en el recinto, aún a plena luz del día, fieles a su cita con los de Chicago. Jeff Tweedy y los suyos se han convertido en algo parecido al equivalente rock de una delicatessen culinaria que todo aspirante a paladar exquisito desea saborear. Con semejantes expectativas lo normal sería experimentar cierto grado de decepción, por pequeño que fuera. Y no. Ni de lejos.

Casi como si tratasen de quitárselos de encima lo antes posible, el sexteto abrió el set con varios temas de su último trabajo “Star Wars” (15), ciertamente un disco menor en su impresionante carrera, pero no por ello exento de interés. El pseudo-glam de “More…” o “Random Name Generator” nos dejaron un poco fríos e incluso nos hicieron temer lo peor. Pero Wilco son perros viejos y saben perfectamente como manejar los tiempos. Cumplido el tramite, se arrancaron con “I Am Trying To Break Your Heart” y comenzó el espectáculo. Contemplar al público coreando al unísono el estribillo de una canción publicada hace casi 15 años te hace sentir, como mínimo, que estás ante algo muy grande. Los temas del seminal “Yankee Hotel Foxtrop” (02) siguen emocionado tanto como el primer día, pero el catálogo de la banda es tan extenso (y tan bueno) que eligiesen el repertorio que eligiesen nos habrían hecho vibrar de igual modo.

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Y así fue. “Hummigbirds” y “Handshake Drugs”, del también excelente “A Ghost Is Born” (04), una detrás de otra, sonaron a gloria. Ahora bien, quien siga diciendo que esto es americana o alt-country que se lo haga mirar. Indudablemente ese fue su punto de partida y hasta quizás su verdadera esencia, pero estos seis brillantes músicos son capaces de nadar en todas las direcciones que la mente imagine sin traicionar nunca su particular idiosincrasia. Aquí escuchamos psicodelia, power pop, krautrock y casi cualquier cosa que se les antoje. ¿Que decir de esas sorpresivas explosiones grindcore que se marcaron durante la plácida melancolía de “Via Chicago”? El dominio que tienen sobre sus instrumentos es sencillamente encomiable. Glenn Kotche es un batería soberbio y Pat Sansone maneja el teclado con la misma soltura que la guitarra o el banjo. Pero si hay un miembro de Wilco que destaca por sus capacidades como instrumentista ese es Nels Cline, probablemente uno de los mejores guitarristas del mundo y uno de los pilares fundamentales de la banda, pese a ser el último en incorporarse. El solo de “Impossible Germany” fue tan masivo, tan eterno (en extensión y trascendencia) que difícilmente podremos apartarlo de nuestras retinas en mucho tiempo. Un auténtico prestidigitador.

Antes ya habían sonado “Jesus Etc”, “Spiders (Kidsmoke)” o “I’m The Man Who Loves You”, todas ellas imponentes. Aquello parecía acercarse al final y “The Late Greats” sonó a despedida. Pero aún nos habían reservado una última bala. Wilco volvió al escenario reconvertidos en banda acústica para interpretar seis temas (¡seis!) desprovistos de electricidad y artificio. Ante un silencio reverencial nos susurraron al oído “Missunderstood”, “It’s Just That simple” (la tímida voz de John Stirratt quebraba el alma), “War On War”, “I’m Always In Love”, “California Stars” y “A Shot In The Arm”. Un mágico regalo que nos dejó a todos con la sensación de que, salvo un primer enamoramiento, aquella noche no podía existir en el planeta tierra nadie más feliz que los allí presentes.